Emocionante

Una semana sin el celular: Zitarrosa, los senegaleses y el síntoma de la vibración fantasma

Diego Geddes
por Diego Geddes |
Una semana sin el celular: Zitarrosa, los senegaleses y el síntoma de la vibración fantasma

*Este texto forma parte del newsletter "Diario de la Procrastinación" de la red de newsletters de A24.com. Si te interesa recibirlo podés suscribirte  acá.

Lunes 

Llevo 24 horas sin mirar el celular: parece que se ha roto pero no desespero. De alguna manera me parece interesante la idea de  pasar algunas horas sin redes sociales y sin la posibilidad de la conexión permanente.

Esto es, desde ya, apenas una fantasía: en la computadora de mi trabajo uso las redes sociales (y lo primero que hago es advertirle al mundo que voy a estar algo “desconectado”).

Empiezo a leer “Una casa junto al tragadero”, de Mariano Quirós. Me atrapa de entrada y siento un entusiasmo por seguir la lectura como hacía mucho que no me pasaba. El protagonista es “El Mudo”, un tipo que decide alejarse de la ciudad e internarse en el bosque para vivir en una casa abandonada, junto al río Tragadero. Todo tiene que ver con todo.

“Yo no quería hablar y punto, había hecho como un voto de silencio. Más que nada para no meterme en líos, para no explicar mi vida. Yo quería ser otra persona, y si llegaba a decir algo, iba a ser siempre el mismo tipo que había sido en Resistencia”.

A veces siento que me vibra el bolsillo del pantalón, del lado derecho, como si me estuviera llegando una notificación..

Martes 

Dejo el celular en el servicio técnico, me prometen que en una hora va a estar listo. Aprovecho el tiempo muerto para ir a una librería porque tengo que comprar unos regalos. Quisiera chequear en el celular la dirección de Yenny, porque tengo el recuerdo de que hay una sucursal cerca de Cabildo y Juramento pero me doy cuenta de que no tengo el celular. 

Es un momento de frustración leve, casi de angustia, que lo supero con una acción lógica: le pregunto a un kiosquero y me dice que a una cuadra está la librería que yo recordaba. Percibo lo absurdo que fue ese momento de indecisión. 

Tampoco tengo reloj, pero calculo que ya pasó una hora. El celular vuelve a la vida y lo primero que advierto es que me fui de todos los grupos de Whatsapp en donde estaba. El hecho me pone un toque paranoico: ¿Debería avisarle que fue una fuga involuntaria?

Miércoles 

Algunas pequeñas cosas que me salen mal. Nada demasiado angustiante pero la sumatoria de las pequeñas cosas me genera una sensación de fastidio. Además, el celular vuelve a descomponerse y debo recurrir otra vez al servicio técnico.

Leo mientras camino por la calle: parece una actitud impostada, pero lo hago porque me falta poco para terminar un capítulo. Alcanzo a ver de reojo que un par me cruzan en la calle y me miran extrañados. Enseguida pienso que no veo mucha diferencia entre caminar mirando un celular o un libro. Yo, por supuesto, voy mirando un libro porque no tengo celular.  

Jueves 

Una ex compañera de Clarín me pregunta por qué me fui del grupo. Se refiere a uno integrado por varios periodistas que pasamos –y algunos que todavía están- en la redacción de Clarín. Estamos en la puerta del diario, en la calle Tacuarí, en un festival para reclamar por los despedidos. "Pensamos que te habías convertido en un garca", me dice. Salvo mi honor con el asunto del celular roto, que a esta altura ya fue arreglado (por segunda vez).

¿Debería avisar que quiero estar de vuelta en los grupos que ya no estoy?

Dos documentales que me entusiasman: uno sobre Zitarrosa y otro sobre inmigrantes senegaleses. Cortarme el pelo, dar de baja el cable, ver algunos documentales....

Viernes

Parece que existe el síndrome de la vibración fantasma.

Tengo lista mi acreditación para la Feria del Libro, uno de los eventos que más expone mi tendencia a la procrastinación: soy de los que sabe que el último día de la feria siempre es un lunes.

Por Palermo me lo cruzo al Loco Abreu. Me lo quedo mirando: camina con un optimismo y una cadencia envidiable, como si supiera que siempre está la oportunidad de hacer un gol. Me ve pasar y se sube a un auto increíble: es el Avenger de la tierra de Zitarroza

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