En tercer lugar, están las posibilidades locales de segregación del trigo GMO y los peligros de contaminación al trigo no GMO o a otros productos. Sabido es que en la Argentina los sistemas de segregación de granos son muy difíciles sobre todo en los puertos terminales desde donde salen nuestros embarques, donde por lo general los trigos se mezclan. Las posibilidades de contaminación en los camiones y vagones de ingreso, en las norias de elevación y cintas de embarque, son enormes. En tal sentido, el producido de las aparentes 6.000 hectáreas de trigo HB4 sembrado con carácter de ensayo y bajo identidad preservada (realmente mucho para este tipo de ensayo) una vez cosechado debería bajo custodia del INASE y CONABIA ser aislado totalmente del mercado y con un destino públicamente conocido, evitando así que la semilla se propague en la próxima campaña y ya no haya manera de detenerlo.
En cuarto lugar, si bien se reconocen los beneficios en los rendimientos de trigo que puede tener la siembra del HB4 en ciertas regiones del país, hay que compararlos contra los perjucios económicos que podrían tener al no ser aceptado en muchos de nuestros destinos actuales y, además, el no contar con acuerdos internacionales globales de “low level presence” (presencia baja) en casos de contaminación. Baste recordar que en Julio 2016, Corea intervino y planteó una demanda sobre un barco argentino de trigo porque el análisis de OGM detectó trazas de materiales transgénicos (resultó tener una contaminación con otro producto). Estos perjucios, seguramente se traducirían en prohibiciones o en castigos de precios, pasando a considerar al trigo argentino como no panificable, es decir, como trigo para forraje, con diferencias sustanciales en el valor por tonelada que obviamente, en su conjunto, serían mucho mayores que los beneficios obtenidos.
En quinto lugar, habría que mencionar la permanente oposición a la aprobación del trigo transgénico por parte de los exportadores argentinos que por prudencia piensan en los posibles inconvenientes; así como de la industria molinera local, que advierte que puede haber una reacción adversa por parte de los consumidores. Hay que considerar que para la mayoría de los consumidores del mundo (aunque no lo compartamos), una cosa son los alimentos con contenido transgénico que van directamente al consumo humano, y otra los que indirectamente pasan al ser humano a través del consumo de carnes alimentadas con productos transgénicos. Aunque esto, hoy también está cambiando por la gran presencia de consumidores “ecológicos”, sobre todo en los países de mayores recursos, que cada día son más exigentes al respecto.
Por último, bastaría tomar en consideración lo que ha ocurrido con eventos de trigo transgénico en Australia o en Estados Unidos que fueron desarrollados hace bastante tiempo atrás y no fueron aprobados o registrados. ¿Por algo será? En el caso de Estados Unidos, en el año 2004, una empresa desistió del proceso de registro por el rechazo advertido en los principales países importadores de trigo americano y por la negativa de las grandes industrias panificadoras ante la presión de los consumidores. Tiempo después, la sola noticia de la aparición y detección de unas pocas plantas de trigo transgénico en algunos estados de USA, ocasionó un inmediato y temporario cierre de las compras por parte de Corea y Japón.
Conclusión, en aras del bien común, los argentinos debemos echar mano de la prudencia, dejando de lado anuncios en el presente que pueden ser lamentados en el futuro. Pensemos bien lo que hacemos.
El autor fue Subsecretario de Mercados Agropecuarios de la Nación.
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