Crisis social y económica

Con más gente y menos alimentos: así resisten los comedores y merenderos la segunda ola de coronavirus

Hay 7000 en el país. Desde que empezó la pandemia se duplicó la cantidad de personas que asisten, afirman. Historias de hambre y solidaridad.
por Julia D´Arrisso |
En general

En general, los “nuevos asistentes” que se acercan son personas que trabajaban en la informalidad, perdieron su empleo y no tiene los ingresos suficientes para cubrir todas sus necesidades básicas. (Foto: Prensa UTEP)

“Antes alimentábamos a 15 familias. Ahora van cerca de 50. Son unas 200 personas”, estima Betty mientras organiza la entrega de raciones de comida en el comedor Los Pekes, en Virrey del Pino, La Matanza. Lo que cuenta no es un relato aislado y podría repetirse casi a la perfección en los 7000 comedores y merenderos registrados en todo el país que ven cómo las filas se incrementan con el avance de la pandemia.

Hace cinco años, Betty armó en el patio delantero de su casa un espacio para dar de comer a los vecinos de la zona. En la entrada de ese lugar, se encienden ramas largas de leña para calentar dos ollas de acero inoxidable. Junto al fuego, cinco cocineras se organizan: revuelven fideos, los sacan en fuentones, les ponen aceite y sal, y reparten.

Del otro lado, una fila de personas espera pacientemente a llenar el tupper que llevarán a su casa con una caja de leche. “Empezamos dando leche con pan y ahora entregamos merienda y cena. Todo junto”, cuenta Betty a A24.com, que visitó el lugar.

El comedor abre todos los días a las 19 en verano y en invierno se adelanta a las 17 por el frío, pero nunca cierra. Lo que cambió en el último año es la cantidad de personas que comenzaron a ir por primera vez. “Desde que empezó la pandemia, recibimos el doble de gente”, repiten en el comedor.

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El comedor Los Pekes en Virrey del Pino recibía unas 15 familias antes de la pandemia y ahora concurren alrededor de 50. (Foto: Prensa UTEP)

El comedor Los Pekes en Virrey del Pino recibía unas 15 familias antes de la pandemia y ahora concurren alrededor de 50. (Foto: Prensa UTEP)

A unos 40 kilómetros de distancia, en el Barrio 31 de Retiro, Mónica Bustamente cuenta algo similar. Trabaja en comedores y merenderos de la zona, y con la pandemia vio multiplicarse la cantidad de asistentes día a día.

“Donde teníamos tres, ahora hay siete merenderos y comedores. Se sumó mucha más gente, así que tuvimos que abrir más espacios porque no damos abasto”, se lamenta. Y calcula que por comedor hay entre 120 y 150 beneficiarios cuando a principios del año pasado eran unos 70.

En general, los “nuevos asistentes” que se acercan son personas que trabajaban en la informalidad, perdieron su empleo y no tiene los ingresos suficientes para cubrir todas sus necesidades básicas.

“Había personas que trabajaban como empleadas domésticas o en la construcción y pensaban que era inapropiado ir al comedor. Era vergonzoso. Y a medida que fue incrementando la necesidad, vimos vecinos que antes trabajaban y empezaron a tocar la puerta para ayudar, dar una mano y ser parte del merendero. No quieren venir solo a recibir el tupper, sino ayudar en algo y retirar la comida”, relata la mujer a A24.com.

Según estimaciones de las organizaciones sociales que trabajan bajo la órbita del ministerio de Desarrollo Social, hay unos 7000 comedores y merenderos en el país, de los cuales un 50% están en la provincia de Buenos Aires. En su mayoría, estos espacios son coordinados por organizaciones sociales como el Movimiento Evita, Barrios de Pie, la Corriente Clasista y Combativa, entre otras.

En los comedores y merenderos trabajan principalmente mujeres que se encargan de la cocina y la limpieza, por lo que reciben el plan Trabajar, que representa el 50% de un salario mínimo, es decir, con la actualización de mayo, unos $12.200. A ese se suman otros trabajos informales, como la preparación de alimentos o la confección de prendas que luego se venden en ferias.

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En los comedores repiten que no dan abasto y que, al menos, reciben el doble de gente en comparación con el año anterior. (Foto: Prensa UTEP)

En los comedores repiten que no dan abasto y que, al menos, reciben el doble de gente en comparación con el año anterior. (Foto: Prensa UTEP)

Pero con el avance de la pandemia y el incremento de las asistencias a esos lugares, la cantidad comida empezó a quedar corta. “Nosotros hacemos dos ollas de 40 litros y duran 10 minutos. A veces hacemos croquetas con arroz y ensalada, fideos con salsa, tratamos de hacer comidas que rindan, según lo que podamos conseguir”, explica Mónica.

En Los Pekes, el menú varía entre fideos con estofado, guisos, pizzas, y se acompaña con pan y pastafrola. Los alimentos vienen de distintos lugares: un 30% lo abastece el Estado, otro tanto son donaciones de supermercados y comercios, y el resto lo aportan otros vecinos. En realidad, las cuentas se hacen a mano alzada. “Lo más importante es que con esto sacamos a los chicos de la desnutrición”, insiste Betty con voz quebrada.

A pesar de las distancias, los relatos coinciden. Además de la necesidad alimentaria, los comedores también se transformaron por momentos en aulas, por la conexión a Internet, para que los niños y niñas puedan sumarse a las clases virtuales.

La gente que está en los barrios la está pasando mal. Hay muchas personas que todavía no fueron incorporadas a sus trabajos. Hay colas y colas en los comedores, y los chicos tienen que venir a buscar wifi acá, a la plaza o en las escaleras del hospital”, describe Mónica. Ella tiene 42 años y hace 18 que trabaja en centros comunitarios.

Lo dice triste: “Nunca vi algo así”.

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