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El comedor Los Pekes en Virrey del Pino recibía unas 15 familias antes de la pandemia y ahora concurren alrededor de 50. (Foto: Prensa UTEP)
A unos 40 kilómetros de distancia, en el Barrio 31 de Retiro, Mónica Bustamente cuenta algo similar. Trabaja en comedores y merenderos de la zona, y con la pandemia vio multiplicarse la cantidad de asistentes día a día.
“Donde teníamos tres, ahora hay siete merenderos y comedores. Se sumó mucha más gente, así que tuvimos que abrir más espacios porque no damos abasto”, se lamenta. Y calcula que por comedor hay entre 120 y 150 beneficiarios cuando a principios del año pasado eran unos 70.
En general, los “nuevos asistentes” que se acercan son personas que trabajaban en la informalidad, perdieron su empleo y no tiene los ingresos suficientes para cubrir todas sus necesidades básicas.
“Había personas que trabajaban como empleadas domésticas o en la construcción y pensaban que era inapropiado ir al comedor. Era vergonzoso. Y a medida que fue incrementando la necesidad, vimos vecinos que antes trabajaban y empezaron a tocar la puerta para ayudar, dar una mano y ser parte del merendero. No quieren venir solo a recibir el tupper, sino ayudar en algo y retirar la comida”, relata la mujer a A24.com.
Según estimaciones de las organizaciones sociales que trabajan bajo la órbita del ministerio de Desarrollo Social, hay unos 7000 comedores y merenderos en el país, de los cuales un 50% están en la provincia de Buenos Aires. En su mayoría, estos espacios son coordinados por organizaciones sociales como el Movimiento Evita, Barrios de Pie, la Corriente Clasista y Combativa, entre otras.
En los comedores y merenderos trabajan principalmente mujeres que se encargan de la cocina y la limpieza, por lo que reciben el plan Trabajar, que representa el 50% de un salario mínimo, es decir, con la actualización de mayo, unos $12.200. A ese se suman otros trabajos informales, como la preparación de alimentos o la confección de prendas que luego se venden en ferias.
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En los comedores repiten que no dan abasto y que, al menos, reciben el doble de gente en comparación con el año anterior. (Foto: Prensa UTEP)
Pero con el avance de la pandemia y el incremento de las asistencias a esos lugares, la cantidad comida empezó a quedar corta. “Nosotros hacemos dos ollas de 40 litros y duran 10 minutos. A veces hacemos croquetas con arroz y ensalada, fideos con salsa, tratamos de hacer comidas que rindan, según lo que podamos conseguir”, explica Mónica.
En Los Pekes, el menú varía entre fideos con estofado, guisos, pizzas, y se acompaña con pan y pastafrola. Los alimentos vienen de distintos lugares: un 30% lo abastece el Estado, otro tanto son donaciones de supermercados y comercios, y el resto lo aportan otros vecinos. En realidad, las cuentas se hacen a mano alzada. “Lo más importante es que con esto sacamos a los chicos de la desnutrición”, insiste Betty con voz quebrada.
A pesar de las distancias, los relatos coinciden. Además de la necesidad alimentaria, los comedores también se transformaron por momentos en aulas, por la conexión a Internet, para que los niños y niñas puedan sumarse a las clases virtuales.
“La gente que está en los barrios la está pasando mal. Hay muchas personas que todavía no fueron incorporadas a sus trabajos. Hay colas y colas en los comedores, y los chicos tienen que venir a buscar wifi acá, a la plaza o en las escaleras del hospital”, describe Mónica. Ella tiene 42 años y hace 18 que trabaja en centros comunitarios.
Lo dice triste: “Nunca vi algo así”.