Embed
Argentina’s goalkeeper Sergio Romero (L) and Argentina’s goalkeeper Willy Caballero (2R) participates in a team training session at the City Academy training complex in Manchester, north west England on March 19, 2018 ahead of their March 23 international friendly football match against Italy at the Ethiad Stadium. / AFP PHOTO / Paul ELLIS
AFP
Las marcas que deja la vida
“Uno no necesita esos golpes para darse cuenta de las cosas que valen la pena, pero pasa. Te hacés más fuerte, más valiente, mirás la vida distinto”, le contaba Willy en 2013 a la Revista El Gráfico. “Mi mujer fue la que se dio cuenta de que algo pasaba en su vista, y un estudio descubrió el tumor, que era bastante grande. Cuando nos enteramos decidimos dejar todo y volvernos al país. Nos vinimos porque nos dijeron que acá estaba el doctor Julio Manzitti, que es de los mejores del mundo en esa especialidad”, relató Caballero.
Fue el año más difícil de su vida con su hija sometiéndose a quimioterapia. El fútbol ya era algo secundario para él, pese a que aceptó la invitación del cuerpo técnico de la Selección Argentina juvenil para entrenarse en el predio de Ezeiza y no perder ritmo. Una vez que pasó lo peor, aceptó una propuesta de Arsenal de Sarandí y jugó allí durante seis meses hasta volver en 2007 a España, a Elche, donde continuó el tratamiento de Guillermina.
Su hija se curó, pese a que por lo avanzado del tumor terminó perdiendo un ojo. “Estuvimos cinco años con controles, y ya está curada… A veces te doblás un tobillo y decís ‘ay, me duele, no puedo entrenarme'. Pavadas. Yo la veía a ella que salía de quimioterapia, que es algo que te deja tres días de cama, y llegaba a casa y quería saltar, jugar todo el tiempo. Es cuestión de ser positivo en la vida”, explicaba Caballero, quien en su brazo izquierdo se tatuó a la Virgen de Santa Lucía, la patrona de la vista.
Cambio de metas
Caballero volvió a jugar en España, pero con otra filosofía, como relató en una entrevista con Cadena Ser: “Desde que pasó ésto, disfruto mucho más cada cosa que hago y establecí desde entonces otras metas. Ganar títulos o dinero quedó en un segundo plano. Yo quería disfrutar del fútbol y de mi hija. Fue un punto de inflexión para entrenarme mejor y dejar de ser egoísta, de pensar sólo en mi bien individual”.
Entrenarse mejor y atajar mejor, eso le pasó. Caballero siguió en Elche en segunda y recién a los 29 años se le abrió la puerta de la Primera División de la Liga de España cuando pasó a Málaga para suplir al arquero Asenjo, baja por lesión. Allí, encontró su lugar en el mundo y terminó siendo figura en el equipo del chileno Manuel Pellegrini que hizo historia al alcanzar los cuartos de final de la Champions League.
El Ingeniero lo llevó en 2014 a Manchester City, que pagó por él 8 millones de euros. Allí estuvo hasta la última temporada cuando quedó libre y se incorporó a Chelsea para ser arquero suplente. En el final de su carrera, está a punto de vivir lo máximo: jugar un Mundial 12 años después de que todo cambiara para él.