El partido estaba 1 a 0 a favor de San Lorenzo, y en el entretiempo la hinchada de Boca se decidió a buscar a la barra de Boedo, que en la semana le había robado unas banderas.
Para defenderse del ataque, la hinchada de San Lorenzo arrancó un caño y lo arrojó desde la tercera bandeja. Cayó sobre la cabeza de Saturnino, que se resguardaba de los incidentes. Murió de manera inmediata, tuvo pérdida de masa encefálica, el partido se suspendió y los incidentes siguieron afuera de la cancha.
Resulta curioso leer los diarios de los días posteriores al hecho. Se habla de poner punto final a los barras en la cancha, de que los violentos no pisen más la cancha. Hablamos de 1990. También, la radiografía de una época. Saturnino Cabrera no tenía trabajo, vivía en Brandsen al 100, a pocos metros de la Bombonera, y sostenía como podía la pasión para ver a Boca.
Los días siguientes fueron de conmoción: Julio Mera Figueroa, ministro del interior durante el gobierno de Menem, dijo en la Casa Rosada “el presidente dio la orden de terminar con estos episodios de barrabravas”. Otro vocero de la situación fue Fernando Galmarini, ministro de Deportes, que con seguridad esgrimía un discurso que a la larga se repetiría muchas veces: “La decisión es terminar con las barrabravas, terminar con los violentos, terminar con la imposibilidad de que la familia concurra a los estadios de fútbol. Si no lo hacemos, estos vándalos van a terminar con el fútbol argentino”.
“Un hombre joven, de 37 años, desocupado, padre de tres hijos pequeños, socio del Boca Juniors, llamado Saturnino Cabrera, quedó muerto, asesinado, la noche del viernes sobre los escalones de la tribuna baja del estadio de su equipo favorito, La Bombonera. Le destrozó la cabeza un trozo de cañería de hierro arrancado de los baños y arrojado desde el piso superior, el segundo de los tres anfiteatros populares en el fondo sur del campo, donde se coloca habitualmente el público visitante y que era ocupado esa noche por la barra brava y los hinchas del San Lorenzo de Almagro”, escribió Carlos Ares en el diario El País de España. Una crónica que narraba con crudeza algo que los hinchas argentinos vivían con más naturalidad que espanto.
Por el caso hubo solo un condenado: Emilio Chávez Narváez recibió la pena de 5 años y ochos meses de prisión por el homicidio preterintencionado de Cabrera. No hubo condena alguna para los barras que generaron los incidentes que provocaron la muerte de Cabrera. Por ejemplo, en ese mismo día hubo hinchas que fueron atendidos con heridas de bala en el hospital Argerich: Diego Cinino, de 16 años, con un balazo en el antebrazo izquierdo.
Y tampoco quedó claro si fue Chávez el único encargado de arrojar un caño de 6,40 metros de largo, 2 pulgadas de ancho y 20,5 kilos de peso. En el juicio algunos testigo declararon que el caño fue lanzado por al menos tres integrantes de la barrabrava de San Lorenzo. A la cual Chávez no pertenecía, al menos no entre sus cabecillas principales.
El 18 de diciembre, uno de los títulos principales de tapa del diario Clarín mantenía el tema de Saturnino en agenda: “El Gobierno intenta erradicar a las barras bravas. Busca, en acuerdo con la AFA y la policía, quitarles todo apoyo e impedirles entrar a los estadios”.
Según los registros del sitio “Salvemos al fútbol”, Saturnino Cabrera fue la víctima número 137 por la violencia en los estadios. En septiembre de 1991, Margarita Gaude murió al recibir un piedrazo durante los incidentes que se registraron en un clásico Rosario Central y Newell´s. Tampoco ella fue la última víctima de los años salvajes.