Dorothea Puente tuvo una vida envuelta de carencias, de asesinatos y de mentiras. Una historia singular y macabra.

Dorothea Puente tuvo una vida envuelta de carencias, de asesinatos y de mentiras. Una historia singular y macabra.
Cada movimiento lo tenía planificado y todo lo acompañaba con una mentalidad muy fría. Distintos comportamientos la describen y la pintan de cuerpo entero a esta mujer que quedó huérfana a los nueve años y que vino al mundo el 9 de enero de 1929, en California, Estados Unidos.
Por ejemplo, en 1945, con 16 años, se casó con un soldado llamado Fred McFaul, quien la dejó embarazada en tres ocasiones. La primera hija nació en 1946 y fue enviada a vivir con unos familiares de Dorothea. La segunda nació en 1948 y fue dada en adopción, y el tercer embarazo terminó con un aborto.
En su imaginario de vida no estaba ser madre y Fred abandonó a Dorothea en 1948. Sin embargo, ella mintió a sus familiares y decía con mucha tristeza que su marido había muerto de un ataque al corazón. Dorothea Puente era también alguien incapaz de aceptar que la abandone.
Le costó insertarse en la actividad laboral. Por eso comenzó a falsificar cheques. Hasta que un día fue sorprendida y la condenaron a un año de cárcel, del cual cumplió seis meses. Después de ser liberada, quedó otra vez embarazada de un hombre que apenas conocía. Pero Dorothea seguía repitiendo conductas. Cuando dio a luz, decidió dejar a su hija en un orfanato.
En 1952 se casó con el sueco Axel Johanson, con quien tendría una tormentosa relación de 14 años. Los dos se encargaron de estar inmerso en una relación llena de toxicidad. Después de esa relación que la marcó, Dorothea se encargó de hacer que cada día de su vida fuera un día criminal.
De inmediato, encontró trabajo como auxiliar de enfermería y comenzó a cuidar a personas con diferentes patologías crónicas y de la tercera edad. Los cuidaba a todos en sus casas pero pasaban los días y cada día le iba mejor. Por eso decidió alquilar una casa bien amplia y todos sus pacientes se mudaron allí. Ella siguió atendiendo a todos. En paralelo, también les empezó a gestionar las pensiones que ellos cobraban.
A los 47 años se casó en Ciudad de México con Roberto Puente, de quien conservaría el apellido el resto de su vida. Puente era un hombre de 28 años con quien tan sólo estaría casada dos años. Después del divorcio, se mudó a Sacramento, donde alquiló una casa de tres pisos y que tenía 16 habitaciones en las que siguió atendiendo cada vez a más personas.
En el amor, su vida estuvo llena de intentos frustrados. Por eso en 1976 volvió a casarse. Sin embargo, esta vez fue con un hombre alcohólico y violento llamado Pedro Montalvo. Solo convivió con él unos meses antes de pedir el divorcio.
De nuevo en soledad, empezó a falsificar las firmas de sus pacientes para quedarse con su dinero, aunque sus fraudes fueron detectados en poco tiempo por las autoridades. Se le llegaron a levantaron 34 cargos de fraude y fue condenada a prisión, aunque le permitieron estar en libertad condicional debido a los trabajos que tenía.
La casa siempre estaba llena de gente y eso exigía un trabajo que sola no estaba en condiciones de hacerlo. Por ese motivo, Dorothea se asoció con una amiga para repartir las actividades. Ahí aparece en escena Ruth Monroe, que además tenía a su marido (un paciente con una patología terminal) viviendo en la casa Dorothea.
En el departamento de arriba de la nueva casa que habían formado, las dos comenzaron a vivir juntas. Tenía 61 años cuando Ruth murió de una sobredosis de calmantes. Dorothea declaró con mucha tranquilidad que su amiga estaba muy deprimida por ver a su marido sufrir. Le creyeron y el caso se cerró como un suicidio.
Días después, un inquilino suyo que se llamaba Malcolm McKenzie, de 74 años, la denunció por drogarlo y robarle. Fue una de cuatro personas que hicieron denuncias. Fue declarada culpable y sentenciada a 5 años de prisión, dados sus antecedentes. Durante sus días en la cárcel, comenzó a intercambiar cartas con un hombre llamado Everson Gillmouth, un jubilado de 77 años que la fue a buscar en 1985 a su salida de la prisión para irse a vivir con ella.
En noviembre de 1985 Dorothea contrató a Ismael Florez para realizar tareas de mantenimiento en la casa e instalar paneles de madera en su departamento. Como método de pago, Dorothea le dio una camioneta roja diciendo que era de su novio de Los Ángeles que ya no la usaba y otros 800 dólares extras. Lo llamativo fue que le pidió también a Florez que hiciera una caja de madera. Ella argumentaba que allí guardaría unos libros. Luego le pidió que con la camioneta llevara esa caja de madera a un depósito. De manera inesperada, durante el trayecto le pidió detenerse en una autopista para tirar la caja a un río. Le dijo a Florez que sólo era basura, pero ahí se encontraba el cadáver de Everson.
El escenario se modificó el 1 de enero de 1986, cuando un pescador descubrió la caja e informó de su hallazgo a la policía. Una vez abierta, descubrieron los restos de un hombre de avanzada edad.
Dorothea continuó cobrando la pensión de Everson e incluso le escribió a su familia suplantando su identidad, explicando que la razón por la que no los contactaba por teléfono es porque estaba muy enfermo. Ella siguió cobrando también su pensión. Es que el cuerpo de Everson estuvo sin identificar durante tres años porque ni su familia ni Dorothea habían denunciado su desaparición.
La residencia estaba ubicada en Sacramento y allí aceptaba a personas de avanzada edad y se ofrecía a ayudar a personas con adicciones a las drogas. Sin embargo, pese a esas buenas acciones, las sospechas de los vecinos fueron creciendo por las actividades de la señora Dorothea.
En la casa de Dorothea iba siempre un vagabundo, conocido como el Jefe, que estuvo durante un año yendo a comer a la casa. La persona fue contratado por Dorothea para hacer trabajos a cambio de alojamiento y comida. Durante varios meses, el señor tenía la tarea de cavar en el sótano de la casa y trasladar los escombros en una carretilla. Más tarde, derribaron otra parte de la casa para cavar nuevamente. Para misterio de muchos, el hombre desapareció.
El 11 de noviembre de 1988 la policía fue a la casa de Dorothea con el motivo de preguntarle por la desaparición de un hombre que pasaba algunos meses en su casa. De inmediato, notaron el suelo alterado en la propiedad y descubrieron el cuerpo de una inquilina que se llamaba Leona Carpenter.
Cuando el juez fue notificado del hallazgo, ordenó continuar con las excavaciones. Sorprendidos, descubrieron otros siete cadáveres. Dorothea no estaba considerada como sospechosa y tenía libertad para entrar o salir de la casa. De hecho, aduciendo que se iba a tomar una taza de té a un local cercano, se fue a Los Ángeles.
Mientras se encontraba fugitiva, intentó iniciar una conversación con un hombre. Y ahí la sorpresa fue mayor, el hombre la reconoció gracias a la descripción de los periódicos y alertó a las autoridades. Dorothea fue detenida y llevada ante el juez, donde la acusaron de nueve asesinatos.
El juicio comenzó en octubre de 1992 y terminó un año después. El fiscal fue John O´Mara, supervisor de homicidios en la oficina fiscal de Sacramento. Se obsesionó con el caso y se encargó de llamar a más de 130 testigos. Sostuvo ante el jurado que Dorothea había suministrado sobredosis de pastillas para acabar con la vida de algunos de sus inquilinos.
Dorothea Helen Puente recibió cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Fue a la cárcel en la Penitenciaría Central de Mujeres de California, donde falleció el 27 de marzo de 2011 a los 82 años. Se fue de este mundo convencida de su inocencia y de que todos sus inquilinos habían muerto de “causas naturales”.