Nadie sospechaba que esa confianza sería la puerta de entrada a una de las traiciones más atroces de la historia criminal reciente en Estados Unidos.
El 2 de diciembre de 2016, Sarah fue vista por última vez cuando acudió a un banco en compañía de Liam para retirar dinero. Después de ese momento, su rastro se perdió. Su padre, preocupado al no obtener respuesta a sus llamados, comenzó a sospechar que algo andaba mal.
Horas más tarde, una llamada telefónica confirmó sus temores: habían encontrado el auto de Sarah abandonado sobre un puente en la Ruta 35. El hallazgo fue inquietante. No había signos de violencia, ni objetos desordenados en su casa, lo que alimentó la hipótesis inicial de un posible suicidio.
Michael Stern, que se encontraba de vacaciones en Florida, regresó de inmediato a Nueva Jersey. La escena lo desconcertó: el auto de su hija, detenido en un puente, pero sin indicios claros de qué había sucedido.
Con el correr de los días, la policía analizó las cámaras de seguridad de la zona. En ellas se veía a Liam y Sarah saliendo de una vivienda poco antes de que el auto quedara abandonado en el puente. Esa evidencia derrumbó la idea de un suicidio y abrió la puerta a una investigación más profunda.
En enero de 2017, la policía decidió interrogar a Liam McAtasney. Su declaración resultó sorprendentemente fría y convincente. Poco después, los oficiales también interrogaron a Preston Taylor, quien repitió palabra por palabra la versión de Liam. Esa coordinación en el relato levantó sospechas inmediatas entre los investigadores.
Lo que los oficiales aún no sabían era que una grabación estaba a punto de cambiarlo todo.
La cinta había sido realizada por Anthony Curry, un joven aspirante a cineasta y amigo de Liam. En ella, McAtasney hablaba con escalofriante detalle sobre cómo había asesinado a Sarah en su propia casa. La motivación: el dinero de una herencia que la joven había recibido tras la muerte de su madre.
Sarah había comentado en confianza a sus amigos que poseía entre 10.000 y 100.000 dólares en efectivo. Liam, lejos de alegrarse por la noticia, vio allí una oportunidad para enriquecerse a costa de la vida de quien decía ser su mejor amiga.
Según la confesión grabada, Liam atacó a Sarah por sorpresa y la estranguló con sus propias manos. Lo más perturbador fue su frialdad: utilizó el cronómetro de su teléfono para medir cuánto tiempo le llevaba matarla. En la grabación, llegó a relatar que le tomó “media hora” quitarle la vida.
“Yo casi la colgué. La dejé colgando allí”, se lo escucha decir, sin mostrar remordimiento alguno. Tras el crimen, pidió ayuda a Preston Taylor para deshacerse del cuerpo. Juntos trasladaron los restos de Sarah hasta el puente de la Ruta 35 y los arrojaron al río Shark.
Con la grabación en sus manos, la policía no tuvo dudas. Liam McAtasney fue arrestado y acusado de asesinato en primer grado, conspiración, profanación de restos humanos y manipulación de pruebas. Preston Taylor, en tanto, fue señalado como cómplice.
El proceso judicial se extendió hasta febrero de 2019, cuando el jurado del condado de Monmouth declaró a McAtasney culpable de los siete cargos en su contra. El juez Richard English lo condenó a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, además de 10 años adicionales por la profanación del cuerpo.
Por su parte, Preston Taylor se declaró culpable de robo, conspiración y profanación de restos humanos. Como parte de un acuerdo, testificó en el juicio contra su amigo y describió con detalle cómo lo ayudó a deshacerse del cuerpo. Su colaboración le permitió obtener una reducción de pena, pero igualmente fue condenado a 18 años de prisión.
Durante la audiencia de sentencia, Michael Stern, el padre de Sarah, asistió con una camisa violeta, el color favorito de su hija. Con la voz entrecortada, leyó una declaración que conmovió a la sala.
“Desde ese día, mi vida es un caos. El horror de lo que ocurrió a su cuerpo me atormenta cada día. Nunca más podré abrazarla”, expresó ante el tribunal.
El caso de Sarah Stern dejó al descubierto no solo la brutalidad de un crimen por dinero, sino también la cara más oscura de la traición. La joven fue asesinada por quienes ella más confiaba, dos amigos de la infancia que compartieron con ella risas, secretos y proyectos.
En Neptune City, su recuerdo sigue vivo. Muchos vecinos colocaron cintas violetas en su memoria y la comunidad educativa de Neptune High School creó becas en su honor. Para ellos, Sarah siempre será recordada como una joven alegre, talentosa y llena de sueños.
Pero detrás de ese recuerdo late una pregunta que aún estremece: ¿cómo es posible que la ambición y la codicia puedan transformar la amistad en un arma mortal?
El crimen de Sarah Stern se convirtió en un símbolo de advertencia sobre los peligros de la confianza ciega y el poder destructivo de la avaricia. Una historia en la que la palabra “traición” dejó de ser un concepto abstracto para convertirse en un hecho trágico e irreversible.