Tres historias, tres nombres propios. Luigi Mangione, Martín del Río, Eduardo Vaccaro.
Tres nombres, tres destinos: asesinatos, misterio y tragedia. Las vidas rotas detrás de Luigi Mangione, Martín Del Río y Eduardo Vaccaro
Tres historias, tres nombres propios. Luigi Mangione, Martín del Río, Eduardo Vaccaro.
Uno mató a balazos al CEO de una empresa de Seguros de Salud en Manhattan. Nació en una familia acomodada de Baltimore, estudió en la universidad de Pennsylvania y en Stanford, pero en algún momento de su historia, algo tuerce su destino en la vida.
Su familia le pierde el rastro, se va a vivir a Hawaii, sufre dolores de espalda, pelea contra el sistema de salud, empieza a admirar al Unabomber y su manifiesto anarquista, su cabeza ya no es su cabeza sino la de un tipo que se inventa una misión.
El día en que asesina al CEO usa balas en las que trabajó artesanalmente: talló las palabras denegar, retrasar, deponer, las más usadas en los documentos de las aseguradoras de salud, justamente para rechazar tratamientos y maximizar ingresos. Con ustedes, Luigi Mangione, para algunos un justiciero, para otros un asesino. Próximamente en Netflix.
“Soy completamente inocente, amo a mis padres”, dice Martín del Rio, un rato antes de ser condenado a prisión perpetua por haber asesinado a sus padres. Durante el juicio, declara su ex mujer, declara su amante. En el camino, inventó una historia poco creíble sobre un robo en la casa de sus padres para encubrir un doble homicidio.
Pero mucho antes, empezó una historia imparable de robos a su propia familia, venta fraudulenta de sus bienes, una amante y una carrera contra el destino final de un psicópata. Arrasar con todo.
A Martín del Río lo delata un video en el que aparece caminando cerca de la casa de sus padres. Arrastra un pie, mueve el cuello de un modo determinado: su hermano y su ex esposa no dudan. Es él. Inconfundible.
Un hombre se tira a nadar en los lagos de Palermo y nunca sale. Alguien lo vio entrar pero no lo vieron salir. Quedó su ropa y sus zapatillas a un costado. Lo identifican y su familia asiste a un espectáculo espantoso: están esperando que aparezca su cuerpo.
Cuando finalmente aparece, se difunde su identidad en los medios y se reconstruye parte de su historia a través de lo que dejó en las redes sociales. Se llama Eduardo Vaccaro, vivía en la calle, trabajó como soldador y algunos otros oficios. Tiene un tatuaje de las máscaras del teatro, en algún momento intentó tener una vida pero se perdió, su familia no sabía nada de él desde hace dos años.
Tiene en la cara una marca inconfundible: en la pera se dibujan tres líneas que confluyen en un punto, una hondura, un agujero negro.