De acá al cierre de listas pueden pasar al menos tres cosas que cambiarían completamente el escenario electoral: que se desdoblen las elecciones bonaerenses, que Cristina y Massa lleguen a un acuerdo que permita reducir la oferta electoral o que la crisis económica se profundice gravemente.
Mientras tanto, el kirchnerismo
tiene que pensar cómo, desde la comunicación, puede aumentar su base de apoyo.
Para eso debe hacer al menos tres cosas: poner en valor sus 12 años de gestión,
demostrar que aprendió de sus errores y ofrecer una visión renovada del futuro.
Poner en valor 12 años de gestión
El golpe asestado por las denuncias de corrupción en contra de Cristina y altos funcionarios de su gobierno, cristalizados en la triste, pero célebre imagen de Julio López, sepultaron en la memoria de muchos votantes el recuerdo de los avances que en 2011 permitieron a Cristina arrasar con el 54% de los votos.
Aunque una parte de la
opinión pública empieza a revalorizar la política económica del gobierno
anterior (“antes, al menos llegaba a fin de mes”), el kirchnerismo necesita
reconstruir su identidad y eso implica, entre otras cosas, poner en valor los
logros de su gestión.
El impacto de las causas por corrupción en la opinión pública fue tan fuerte que la mayoría de los referentes de ese espacio optaron por aguardar en silencio que calmaran las aguas mientras Cambiemos aprovechaba el desconcierto y la indignación del electorado para avanzar con su programa y deshacer, sin mucha oposición, medidas emblemáticas del kirchnerismo como la ley de medios y servicios audiovisuales, las retenciones al campo o el programa Conectar Igualdad, entre otros.
Rafael Bielsa, Carlos Tomada,
Alberto Fernández, Jorge Taiana, Juliana Di Tullio, Nilda Garré, Agustín Rossi,
Axel Kiciloff , Gabriela Cerrutti o Daniel Filmus son referentes del espacio
que gozan de una buena imagen, pero que no han sido suficientemente vehementes a
la hora de defender el camino que ellos mismos forjaron desde el 2013.
No es necesario hacer un
compilado extenso, alcanza con recordar las medidas más emblemáticas como la estatización
de las AFJP, la ampliación de derechos consolidada en el nuevo código civil, el
impulso a la ciencia y a la tecnología, la ley de educación que duplicó la
inversión educativa o la política de desendeudamiento.
Autocrítica. La soberbia, sintetizada por Cristina y La Cámpora en el “vamos por todo”, encerró al kirchnerismo en su propio laberinto discursivo poniendo coto a su capacidad de representar los intereses de los votantes que no se sentían convocados por el discurso “épico” y rechazaban medidas controversiales como “el cepo” al dólar o interpretaban a la Nueva Ley de Medios y Servicios Audiovisuales como un ensañamiento contra el Grupo Clarín. En el área energética, es evidente que se cometieron errores. También sería necio negar que quedó pendiente una reforma tributaria o que faltó un plan de desarrollo para transformar gradualmente la matriz productiva del país.
No se trata de pedir disculpas, sino de demostrar la capacidad de aprender de los errores y corregir para poder avanzar. Mientras el kirchnerismo continúe eludiendo el debate franco entre sus filas, confundiendo la crítica constructiva con el ataque y creyendo que la solución es puramente política, pierde la oportunidad de renovar su discurso y transmitir una visión transformadora sobre los ejes que marcaron su identidad: desarrollo con inclusión, ampliación de derechos, independencia económica y unidad latinoamericana.
Visión de futuro. Durante el segundo mandato de Cristina, el
kirchnerismo, una fuerza que había despertado el entusiasmo de la mayoría de
los argentinos por su audacia, se volvió conservador. Tanto en las elecciones
de medio término de 2013 como en las presidenciales de 2015 la propuesta electoral
fue “cuidar” los logros del pasado, pero no ofreció ninguna visión sobre el
futuro.
El kirchnerismo nunca se
caracterizó por ser predecible sino más bien lo contrario. La sorpresa, como mecanismo
disruptivo, fue el método elegido para avanzar con medidas importantes. Ese
método funcionaba mientras la economía marchaba relativamente bien. Pero el
estancamiento económico limitó la posibilidad de “sorprender” a los argentinos
con medidas progresistas y redoblar la apuesta. El kirchnerismo tiene que
definir su promesa de cara a las elecciones de 2019 para garantizar un mínimo
nivel de previsibilidad y entusiasmar al electorado con un nuevo horizonte de
posibilidades.
Macri supo encarnar el cambio de estilo que la sociedad demandaba. Ahora la sociedad exige más que un cambio de estilo. Para que los votantes independientes confíen nuevamente en el peronismo, esta fuerza tiene que demostrar que además de sobrevivir y de tener ambición de poder, tiene capacidad de asumir sus errores para corregirlos, tiene vocación de diálogo para escuchar a todas las voces y sobre todas las cosas, tiene ideas nuevas para sacar al país adelante.
(*) Director de consultora Reyes-Filadoro