En el barro

Psicología y poder: ¿qué tiene Alberto Fernández en la cabeza?

El Presidente puso la "depresión" sobre la mesa y manipuló a una celebridad lacaniana. Por qué la paranoia se consagra como ideología en la demonización del otro.
Edi Zunino
por Edi Zunino |
Alberto Fernández

Alberto Fernández, en proceso de pensamiento. 

“Desde sus orígenes animales, la actividad psíquica debe ejercitarse en la desconfianza y la sospecha. La paranoia puede considerarse la persistencia de una función animal de nuestra mente. Pero, en el hombre, se convierte también en la tentativa de tomar distancia del mal atribuyéndoselo a un enemigo. Los ‘accesorios culturales’ que se agregan al instinto pueden ser infinitos: los razonamientos que ‘demuestran’ la necesidad de destruir al enemigo preventivamente, o la propaganda que lo presenta casi como no humano y mucho más. La paranoia se construye a partir de un instinto desconfiado y a través de una serie relativamente elaborada de concatenaciones mentales. El hombre sale de su estado natural a través de un pasaje que no exige en absoluto la renuncia a la sospecha, sino su diversificación y su refinamiento”.

La definición pertenece a un brillante psicoanalista italiano, Luigi Zoja, y quedó impresa en “Paranoia, la locura que hace historia”, un ensayo monumental que debería ser material de consulta permanente para cualquier académico, periodista o ciudadano que se interese por la política y las cabezas de los políticos. El asunto viene al caso. Nada menos que el Presidente de Nación decidió que la discusión se ponga psicológica.

“A nosotros todos los días nos quieren deprimir, hacen lo imposible para hacernos sentir que estamos en el peor de los mundos. Los mismos que nos causaron la depresión vienen a contarnos lo deprimidos que estamos”.

Subrayemos la existencia en esas dos oraciones de un “ellos” que no sólo nos enfermó la mente, sino que se regodea por eso con visible sadismo, diría.

El Covid-19 y la pérdida de la ilusión

Alberto Fernández da datos sobre la situación de la pandemia de COVID-19 (Foto:Presidencia)

Alberto venía de leer una entrevista a otro grande de la salud mental pero argentino, Juan David Nasio, quien acaba de publicar “La depresión es la pérdida de una ilusión”. Lo curioso es que Nasio escribió ese libro para señalar los múltiples efectos psícológicos-anímicos del Covid-19 en los habitantes de nuestro planeta, sobre los que incidieron con fuerza los protocolos sanitarios, tantas veces improvisados por gobiernos de todas las tendencias habidas y por haber. Salvo por este último detalle, para nada menor en su incidencia masiva, este discípulo de Jacques Lacan no hace ni una mención a la Argentina. Ni a quienes, según el Presidente, “nos deprimieron y vienen a contarnos que nos deprimimos”. O sea, los enemigos del Gobierno.

Vale la pena reproducir un par de párrafos esenciales de la entrevista que le hizo Página/12 a Juan Nasio:

  • “La depresión Covid-19 es una depresión muy ligada a una circunstancia social, primero, y luego a una situación de angustia. En cambio, la depresión clásica está más ligada a una situación de decepción. La depresión clásica no toca a todo el mundo, sino a aquellos que yo llamo pre depresivos; es decir, aquellas personas que son frágiles y están, por consiguiente, predispuestas a la depresión. Pero no todos están predispuestos a la depresión.
  • "Ahora bien, en la depresión clásica la persona predispuesta a la depresión es una persona que ha establecido un vínculo demasiado enfermizo con algo que ama excepcionalmente. Y ese objeto que ama, ese ser que ama, ese animal que ama, esa casa que ama, ese trabajo que ama de manera enfermiza se pierde. Y cuando eso sucede, se pierde una ilusión en la persona que ha enfermado de depresión”.
  • "La depresión es una patología de una desilusión, por eso titulé así el trabajo, después de ver durante tantos años de trabajo a unos diez mil pacientes con depresión”.
  • “Hay cuatro tiempos en el proceso depresivo. Primer tiempo: un apego enfermizo a algo o a alguien. Segundo tiempo: pérdida de ese algo con el cual yo estaba apegado, decepción de eso, desilusión de perder aquello que me daba la fuerza de ser lo que era en ese momento. Tercer tiempo: me enojo. Me enojo porque me robaron aquello; no es rabia con el que me sacó mi casa, digamos, por ejemplo, es rabia de haber perdido mi casa. Y el cuarto punto es la caída, la tristeza franca”.

Verlo a Fernández golpear la mesa gritando “¡No somos como ellos, no somos todos iguales!” hasta hacer tambalear el micrófono, configura la idea de que no se ha hecho cargo de lo que pasa (al menos del todo) ni de las cargas negativas que su propia gestión (que ya lleva 31 meses) haya podido generar en el imaginario de la gran tribu argentina.

La “desilusión” con el Frente de Todos

Interna del Frente de Todos: crean un espacio para respaldar la conducción de Alberto Fernández
Interna del Frente de Todos: crean un espacio para respaldar la conducción de Alberto Fernández

Interna del Frente de Todos: crean un espacio para respaldar la conducción de Alberto Fernández

Todas las encuestas coinciden en señalar la “decepción” o la “desilusión” de los votantes independientes y muchísimos no tanto que tuvo el Frente de Todos en 2019 como factores de peso en la mala imagen del Gobierno, así como en la “incertidumbre” que domina las percepciones de futuro.

Esa especie de “ilusión perdida” estaría incidiendo con fuerza en las cabezas de quienes nos gobiernan. Comparto un sondeo personal entre los habitantes de la Casa Rosada que me ha tocado entrevistar a lo largo del último año, en on y en off: cuando les pregunto si “¿hay depresión ahí arriba?”, la gran mayoría dice que sí. Obvio que no es científico el diagnóstico.

Las principales corrientes psicoanalíticas coinciden en que las “pérdidas” o “duelos” trascendentes configuran un proceso que también se presenta en etapas. Cinco, para este caso: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. No necesariamente se dan como quien sale de un lugar para entrar en otro y nunca más volver. Pueden superponerse o haber idas y vueltas. El Presidente da la sensación de estar transitando entre la negación del prestigio perdido, la ira cuando se lo insinúan, la negociación (con Cristina, con el ajuste…) y ya sacó el tema de la depresión, claro que como culpa de otros (que inocentes tampoco son).

Los razonamientos paranoides, tan frecuentes en la política, no parecerían ser las mejores puertas de ingreso a la etapa de la aceptación. Menos aún suelen apuntalar conductas democráticas.

Para conversar de estas cosas partiendo de las experiencias desde adentro, el consultor ecuatoriano Jaime Durán Barba tiene la ventaja de haber señalado los peligros que encierra la “locura del poder” mientras gobernaba su propio cliente, Mauricio Macri.

Dice Durán Barba

  • Desde hace años se ha estudiado la alteración psicológica de los mandatarios desde varios puntos de vista, entre los que sobresalen dos: el llamado ‘síndrome de hubris’ y el pensamiento de grupo. Según el concepto de ‘síndrome de hubris’, desarrollado por David Owen en su obra ‘En la enfermedad y el poder’, la mayoría de los presidentes, al poco tiempo de intoxicarse con los oropeles del poder, cae en la desmesura, que es lo que significa hubris en griego. Suelen adoptar una visión maniquea del poder y demonizan a sus adversarios".
  • "Crean una mitología de plástico en la que, según su ideología, hay buenos y malos, burgueses y proletarios, creyentes y herejes, demócratas y terroristas".
  • "La idea de que la política es un enfrentamiento entre los profetas del bien que son ellos y el demonio que encarna la oposición, es antidemocrática. Postulan que ‘el presidente debe hacer lo que hay que hacer’, más allá de lo que quiera la mayoría o de cualquier límite ético".
  • "El poder en sí mismo es el principio y fin de toda la acción política. Todo vale para combatir a los malos. Las locuras a las que conduce el hubris se refuerzan con el pensamiento grupal, estudiado por Irving Janis, profesor de Yale, en su clásico texto. Se desarrolla cuando una secta hace política o se apodera del poder, se aísla, se cohesiona en torno a verdades que crea para identificarse con ellas. Crea una ilusión de invulnerabilidad, pregona la superioridad moral de sus miembros, estereotipa a sus adversarios”.

La construcción de que el blue pegó el salto hasta los $300 porque los enemigos compran dólares para irse de vacaciones nos devuelve a la paranoia del italiano Zoja, formado en escuela de Carl Jung:

“La maraña de la paranoia necesita una simplificación sobre la cual sustentar su sistema de pensamiento”.