Por Hernan Reyes (*)
*Consultor político. Socio de la consultora Reyes-Filadoro

Las consecuencias de la crisis institucional desatada por los cuadernos de bitácora del chofer Centeno son más difíciles de predecir que el futuro de la economía argentina, atrapada en un espiral de endeudamiento, fuga de capitales y perdida de confianza que amenaza con llevar al país a una nueva situación de quiebra.

Ni el desfile de arrepentidos en Comodoro Py, ni el show de allanamientos a los departamentos de Cristina Kirchner esta semana, fueron suficientes para distraer la atención de los problemas económicos. El dólar sube, el laburo no aparece y la plata no alcanza para llegar a fin de mes.

En medio de este escenario de crisis, cuando todavía falta más de un año para las próximas elecciones presidenciales, hay una pregunta que desvela a periodistas, a dirigentes de la oposición, a funcionarios del gobierno y al mundo financiero por igual: ¿Cristina, estará presa o será candidata en el 2019?

La derrota sufrida en 2017 en la provincia de Buenos Aires, frente a un candidato ignoto y poco carismático como Esteban Bullrich fue interpretada por muchos analistas como el fin de la carrera política de Cristina Kirchner. Las elecciones confirmaron que Cristina tiene un alto nivel de rechazo en la sociedad, pero también una sólida base de apoyo que oscila entre el 20% y el 30% de la población total del país.

A menos de un año de aquella elección y en medio de un nuevo escándalo de corrupción que involucra a la ex presidenta, vuelve a surgir la misma pregunta, ¿terminará presa o será candidata?

Hasta ahora, nada indica que la causa de los cuadernos afecte a su núcleo duro de votantes, aunque probablemente dificulte sus chances de crecer. Asesorada por el consultor catalán Antoni Gutiérrez Rubí, la ex presidenta opta por la estrategia del silencio, deja que los eventos se desarrollen, que los demás hablen por ella, que especulen sobre sus intenciones políticas, sus motivaciones personales e intereses judiciales.  

Sabe que la mayoría de los votantes la identifican como la principal referente de la oposición y que es la única candidata competitiva que tiene el kirchnerismo. Ninguno de los otros dirigentes peronistas genera suficiente entusiasmo. El “peronismo racional”, como gusta denominarse a sí mismo ese sector,  encuentra un límite “emocional” a su proyecto político. La pasión que aun despierta Cristina en un sector importante del electorado sigue viva y resulta poco probable que vaya a menguar mientras se profundice el ajuste y la crisis económica.

En la provincia de Buenos Aires, donde se concentra el 39% del electorado, Cristina mantiene un alto nivel de apoyo, pero eso no le alcanza para ganar una elección nacional. Sabe que no puede vencer a Macri en un balotaje sin el apoyo del voto independiente, urbano, de clase media, que la abandonó en 2013 y que no parece dispuesto a volver.

La política argentina no ha producido cuadros políticos convocantes en los últimos años, producto de la conducción radial y verticalista de sus líderes y de la disolución de los partidos políticos tradicionales. Eso favorece que cada vez haya más votantes que se declaran “independientes”.

La mayoría de los argentinos no se identifica con ningún partido, no sigue a ningún dirigente en las redes sociales y mucho menos se interesa por saber qué sucede en los pocos locales partidarios que sobreviven en los barrios. Es un problema estructural que afecta a todas las democracias modernas y Argentina no es la excepción.

En un contexto como el actual, de baja institucionalización e identificación partidaria, los votantes guían la toma de decisión en base a sus emociones. Los “independientes” son los menos informados y los que más desconfían de la política, pero son los que terminan definiendo la elección.

Estos votantes suelen decidir su voto en los días previos, influenciados por la opinión de un familiar, un amigo o simplemente su intuición. No son votantes racionales, decidirán su voto en base a la bronca, al miedo, o a la esperanza que sientan al momento de votar. No votarían a Cristina por amor, pero ¿que harían si se ven desbordados por la crisis económica?

Falta más de un año para las elecciones de 2019, pero todo hace suponer que el gobierno apostará nuevamente por la estrategia que le dio resultado en las últimas dos elecciones: polarizar con Cristina.

Para que esa estrategia funcione nuevamente, el gobierno necesita que Cristina no esté presa, que la crisis económica no se agrave ni culmine en un estallido social y que el resto del peronismo no confluya en una fórmula competitiva.

Si la crisis económica empeorara, en el kirchnerismo suponen que Cristina podría mejorar las chances de vencer a Macri en un balotaje. Hoy, sin embargo, la probabilidad de extenderse más allá de su núcleo duro y captar al voto independiente, se ve seriamente comprometida por los cuadernos del chofer Centeno cuyo impacto sobre Cristina y el resto de la clase política es todavía difícil de dimensionar.

Basándose en los principales postulados de la doctrina peronista, Cristina logró sintetizar, con gestos, palabras y acciones concretas, una visión del país que todavía entusiasma a un sector importante de la población, especialmente a los jóvenes que se identifican con su actitud rebelde y anti sistema.

A través de medidas de gobierno de fuerte valor simbólico, de un discurso encendido y de un liderazgo carismático, supo construir un relato épico cuya estructura tambalea, pero no cede frente a los golpes que le propinan los datos de la realidad y los avances de la justicia federal.

¿Será candidata? Todo parece indicar que si no está presa, estará en la boleta.