Kirk Lovell y Daniele Penney fueron quienes adquirieron la propiedad, pero los agentes inmobiliarios no estaban al tanto del objetivo que tenía la pareja: moverla por cerca de un kilómetro sobre el mar hasta su nuevo emplazamiento.
Si bien la vivienda cambió varias veces de dueño, finalmente fue comprada por la pareja, luego de que sus antiguos propietarios anunciaran su demolición para construir una nueva en su lugar.
En un comienzo Lovell y Penney pensaron en transportarla vía terrestre, pero dadas sus dimensiones no fue posible, ya que no hubiera podido pasar a través de las líneas de suministro eléctrico. Allí fue cuando se decidió que la mejor manera de moverla era a través del mar con ayuda de lanchas, al igual que como se hacía 60 años atrás.
Por consecuente se construyó un marco con ruedas, fijado a 28 barriles de plástico y espuma de poliestireno del tipo que suele utilizarse como material aislante. Una vez sobre la estructura, la casa comenzó a ser remolcada con la ayuda de tres botes.
A mitad de camino una de las embarcaciones sufrió una avería, lo que provocó que el inmueble perdiera estabilidad y se inclinara, comenzando a hundirse en el mar.
Pese a eso, los miembros de la comunidad que observaban la operación se apresuraron y colaboraron para traer la vivienda a flote y transportarla hasta su destino final.