Las salas de los hospitales, a punto de desbordar; las calles, vacías; los espacios y vínculos sociales, completamente alterados; el ritual de la despedida ante una muerte, imposibilitado.

Médicos y enfermeros se mantienen al frente de la lucha contra el Covid-19 desde el inicio de la pandemia.

Las salas de los hospitales, a punto de desbordar; las calles, vacías; los espacios y vínculos sociales, completamente alterados; el ritual de la despedida ante una muerte, imposibilitado.
La pandemia de Covid-19 que en Argentina provocó 100.000 fallecidos desde marzo de 2020 revivió las escenas sufridas en otras epidemias que azotaron al país en su historia: viruela, tifus y cólera -potenciadas con el tráfico de esclavos durante el siglo XVIII- fiebre amarilla, gripe española y poliomielitis.
En la pandemia de Covid-19 “se reprodujeron muchos de estos escenarios, y los relatos de familiares y allegados de internados y fallecidos mostraron parte de este drama humano. Por ejemplo, la separación del enfermo de su entorno social y la imposibilidad de desplegar algún tipo de ceremonia o ritual para humanizar el último tramo de los pacientes terminales”, dijo a A24.com Maximiliano Fiquepron, doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), docente de Historia y autor del libro "Morir en las grandes pestes", publicado por Siglo XXI Editores.
Como ocurrió ante las otras enfermedades, el Covid-19 trastocó toda la cotidianidad y sumergió a la población en una dinámica ajena, dominada por la ansiedad, la incertidumbre y el miedo a la propagación del virus y la muerte propia o de algún familiar.
Sin embargo, “ninguna de las pestes vividas a lo largo de la historia argentina tuvo la duración que lleva la pandemia de Covid-19”, indicó Fiquepron.
El historiador y docente destacó en su investigación que las sociedades, en la mayoría de los casos, lograron olvidar los efectos de las epidemias cuando éstas culminan, aunque hay una excepción: la de la fiebre amarilla de 1871. “Ha quedado muy grabada en la memoria, destacada en los libros de Historia, en los archivos periodísticos e investigaciones. Es la única peste en tantos años que encuentro con esa fuerza y potencia evocativa. Las demás quedaron como un episodio triste”, comentó FIquepron.
En 1871, la fiebre amarilla arrasó con la ciudad de Buenos Aires, y dejó un saldo de unos 14.000 muertos (alrededor de 500 por día), el equivalente -el 8% de la población porteña-, en su mayoría inmigrantes españoles, italianos, franceses y de otras partes de Europa instalados en barrios como La Boca y San Telmo.
Por la gran cantidad de muertos, en medio de la emergencia se abrió el Cementerio de la Chacarita debido a que el entonces el cementerio situado en el sur de la ciudad, en Parque Patricios, fue superado en su capacidad y el de la Recoleta había prohibido que allí se inhumaran allí los cadáveres producto de la fiebre amarilla.
La fiebre amarilla, transmitida por el mosquito Aedes aegypti, se se cree que habría provenido desde Paraguay y portada por los soldados argentinos que regresaban de la Guerra de la Triple Alianza.
La enfermedad modificó la fisonomía de la Ciudad porque, para huir de las zonas más afectadas por la epidemia, las familias más ricas se mudaron a los barrios del norte porteño como Recoleta, Palermo y Belgrano.
Casi 50 años después de la peste de fiebre amarilla, Argentina vivió una epidemia muy similar a la del Covid-19: la gripe española -que paradójicamente no comenzó en España- entre 1918-1919, tras la Primera Guerra Mundial, causada por un brote del virus de la gripe tipo A, subtipo H1N1.
Según el médico Michael Worobey, investigador del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Arizona, en Estados Unidos, el virus conocido como "gripe española" provocó en el mundo más de 50 millones de muertos y afectó a 500 millones de personas.
Worobey, en sus trabajos, desestimó la hipótesis histórica de que el origen de la pandemia surgió de las aves o por un intercambio entre cepas humanas y gripes porcinas. Al contrario, la gripe española apareció a raíz de la compra de material genético de un virus de la gripe aviar por el virus H1, que ya circulaba en seres humanos desde unos diez a quince años antes de 1918.
Al revés de lo ocurrido con el Covid-19, la mayor parte de las víctimas fatales fueron personas de entre 20 y 40 años de edad, principalmente con cuadros agravados por infecciones bacterianas secundarias, especialmente neumonía.
Según el historiador Adrián Carbonetti, investigador del CONICET, la “fiebre española” ingresó a la Argentina por el puerto de Buenos Aires, puerta de entrada para el comercio exterior, y los primeros casos se dieron, por el hacinamiento en que allí se vivía, en los conventillos de la zona sur porteña. Al poco tiempo la enfermedad se trasladó hacia las provincias del centro y el litoral, para afectar luego a casi todo el territorio.
Carbonetti indicó que las tasas de mortalidad más altas se dieron en las provincias relegadas del norte argentino, entre ellas Jujuy y Salta, y que las desigualdades sociales y sanitarias se vincularon con el grado de gravedad que la gripe española tuvo en la Argentina.
En 1956 comenzó la mayor epidemia de Poliomielitis en Argentina, donde se registraron 6.496 casos notificados (en una población total argentina de 18 millones de habitantes) de una enfermedad que causaba la muerte o dejaba una severa discapacidad.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la polio es una enfermedad muy contagiosa, transmitida por un virus que afecta principalmente a niños y niñas. Su contagio se realiza de persona a persona y el virus puede estar presente en la materia fecal, en el agua o en alimentos. Luego de alojarse en el intestino, ataca al sistema nervioso, pudiendo causar la muerte, parálisis u otro tipo de secuelas motrices.
El 71% de los pacientes de Poliomielitis fueron menores entre cero y cuatro años, y las ciudades más afectadas fueron, además de Buenos Aires, Mar del Plata, Rosario y Santiago del Estero.
Según los registros históricos, el gobierno de entonces impuso cuarentenas selectivas, pero ante la falta de información médica sobre tratamientos adecuados y proliferaron remedios caseros. Una de las características que distinguió la época y que perduró en el tiempo fue el de pintar con cal las paredes, los cordones de las veredas y los árboles porque se pensaba que, de esa manera, se alejaba a la enfermedad.
La fabricación a gran escala de la vacuna creada por Jonas Salk en Estados Unidos demoró en llegar al país, pero finalmente las dosis fueron trasladadas en un avión de Aerolíneas Argentinas y aplicadas a niñas y niños de entre 6 meses y tres años. La erradicación definitiva de la enfermedad ocurrió recién en 1984.
Durante la epidemia de polio, dijo Fiquepron, Argentina las escuelas permanecieron cerradas durante distintos lapsos y se resintió el turismo, al ser Mar del Plata, por ejemplo, una de las ciudades más afectadas. Sin embargo, “nunca se dio una duración” tan extensa como la pandemia de Covid-19, cuyo fin todavía no fue decretado mientras aparecen nuevas variantes del virus.
Fiquepron, sin embargo, destacó que a diferencia de otras pestes, la del coronavirus encontró a la sociedad con otras herramientas para afrontarla. “Una capa importante del sector formal del empleo pudo trabajar online, también se pudieron hacer compras sin salir de las casas y se mantuvieron encuentros virtuales. Además, en cuestión de pocos meses se confeccionaron distintas vacunas para paliar la enfermedad en tiempo récord”, comentó el investigador.
Y agregó: “La hazaña científica quedó tapada por coyunturas locales o la precariedades propias de Latinoamérica para comprar todas la vacunas posibles. Pero la realidad dice que el proceso vacunatorio mundial es uno de los más importantes en los últimos 50 años y dejará una huella más importante que la pandemia”, confió.