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Depresión posparto: maternidades en vulnerabilidad

Depresión posparto: maternidades en vulnerabilidad
Depresión posparto

El proceso de llevar adelante un embarazo implica un cambio orgánico, social, emocional y psicológico para cualquier mujer y/o cuerpo gestante. Aproximadamente durante 9 meses, el cuerpo sufrirá modificaciones hormonales, anatómicas y fisiológicas, a la par que se perfila un posicionamiento subjetivo hacia el devenir madre. Algunas vicisitudes durante y posteriormente al momento del parto pueden derivar, en algunos casos, en una depresión posparto.

La depresión posparto o “DPP” suele aparecer entre las cuatro y treinta semanas del puerperio, constituyendo un síndrome emergido actualmente en numerosas mujeres alrededor del mundo. Es sin dudas la más prevalente frente a otras patologías obstétricas como preeclampsia, parto prematuro o diabetes gestacional. No obstante, los diagnósticos de DPP suelen ser poco eficientes y tardíos.

Por la acrecentada detección de casos nuevos y la relevancia de un buen goce de salud en la maternidad para el desarrollo infantil, se vuelve fundamental esclarecer las particularidades de la misma para evitar diagnósticos apresurados así como para interceder tempranamente en eventuales complicaciones. La depresión posparto puede establecerse como una enfermedad, produciendo una seria discapacidad materna si no es abordada en el momento necesario.

La DPP es concebida como un trastorno del estado de ánimo que afecta fundamentalmente a algunas mujeres luego de haber dado a luz; momento crucial donde una relativa vulnerabilidad es inminente para todas. Pero el estado de DPP, está teñido por síntomas incapacitantes y una tendencia personal inhibida, haciendo que la persona aparezca profundamente apagada y desvitalizada.

Ansiedad, insomnio, irritabilidad, cansancio, nerviosismo, pesimismo, abulia y rabia son las manifestaciones más notorias. El cuadro lleva a sentimientos de desgano, desesperanza y dificultan profundamente la realización de actividades concernientes al cuidado personal y del bebé. Así aparecen también culpa, incapacidad de afrontamiento, falta de confianza y una baja autoestima notable.

En casos graves y avanzados, se manifiesta la pérdida de interés por actividades anteriormente valoradas, aislamiento de sus vínculos, problemas para establecer una conexión con su hijo, pensamientos suicidas o de lastimar de algún modo al bebé. Es por ello que debe abordarse prematuramente para impedir que el estado anímico ocasione conductas dañinas para sí o para terceros.

Algunas de las causas de su subdiagnóstico, se sitúa en la confusión con la tristeza posparto, la cual implica sentimientos de tristeza, fatiga y preocupación en madres recientes, pero que se enmarca dentro de las conductas esperadas y normales. Por el contrario, la DPP implica un aumento extremo de algunos de estos sentimientos y debido a sus efectos más perseverantes e intensos, se constituye en un estado que requiere atención.

Las causas de la DPP no se hallan delimitadas sobre un factor particular, sino que responde a una mixtura de componentes físicos y emocionales. Luego del parto, el cuerpo y el estado psíquico de la madre continúa en un proceso de adaptación, aceptación y restitución que puede presentar eventuales complicaciones en algunos casos.

La caída repentina de los niveles hormonales de estrógeno y progesterona, la falta de descanso adecuado, inconvenientes físicos, dificultades personales para afrontar los cambios, preocupaciones respecto al desempeño maternal o expectativas irracionales sobre la maternidad, son algunas de las incidencias psicológicas, sociales y biológicas, que probablemente intervengan en la emergencia de esta depresión.

En este sentido, es fundamental aclarar que la DPP no se produce por algo que la madre haga o no haga. Al no contar con determinantes precisos que expliquen unívocamente las causas del trastorno, las recomendaciones clínicas pasan por la mera prevención teniendo en cuenta los llamados factores de riesgo.

Existen factores de riesgos biológicos y psicosociales, tales como haber sufrido depresión posparto anteriormente, trastornos del humor y ansiedad, síndrome premenstrual disfórico e historia familiar de patologías mentales, así como abusos cometidos durante la niñez, traumas adolescentes, embarazo no planificado o sentimientos negativos respecto a la gestación.

Los últimos estudios aportan que el inadecuado soporte económico, sufrir violencia de género, un nivel educativo bajo y abuso de sustancias, también forman parte de los factores predisponentes. A tal punto que se han determinado como factores de riesgo mayores a estos predominantemente psicosociales, que en coalición con transformaciones hormonales, determinan a la DPP como una de las enfermedades más frecuentes del puerperio, oscilando entre el 10 y 20%.

Por otro lado, las opciones generalmente aplicables para tratar la DPP constan de intervenciones terapéuticas (individual o grupal) y/o medicación. En particular, la terapia cognitiva-conductual (TCC) y la terapia interpersonal (TIP), han mostrado alta eficiencia ayudando a que las personas a puedan obrar sobre sus pensamientos y conductas negativas, así como comprender y afrontar las relaciones personales problemáticas.

El tratamiento farmacológico obra sobre las sustancias químicas cerebrales, interviniendo sobre la regulación de los estados de ánimo. Si bien su implementación es recomendada, hay diversos reparos en torno a los usos durante el amamantamiento, por lo cual puede depender según el caso. Para aquellos donde se presente una DPP moderada o grave, la indicación probablemente será combinar ambas medidas.

Estas medidas no son de ningún modo psicoeducativas o coercitivas en torno a la maternidad, sino que buscan conciliar a la mujer con el nuevo rol como madre, ayudarla a sobreponerse a las dificultades y miedos, así como promover un buen funcionamiento familiar, disminuir situaciones ansiógenas y, fundamentalmente, fortalecer las redes de apoyo con que cuenta.

Si la mujer con DPP no recibe atención y tratamiento oportunamente, las dificultades desplegadas para el cuidado del bebé y los sentimientos ansiógenos prevalentes, pueden deteriorar considerablemente el vínculo materno-infantil.

Los perjudicados no se agotan en las madres, sino en el desarrollo y la salud de los recién nacidos, así como el núcleo familiar. La intervención adecuada permitirá que la depresión sea temporal y se llegue a la recuperación de sí misma y sus vínculos.

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