Cuando Queen llegó al Estadio de Vélez en la ciudad de Buenos Aires, ya estaba todo listo. Maradona los estaba esperando. Freddie Mercury se puso la camiseta de Argentina y Maradona la inglesa. Congeniaron al instante. Hablaban el mismo idioma, el de los ídolos, el de los grandes, el de esos que entregan absolutamente todo en cada paso, en cada aliento. Queen no dudó en hacer parte del show a Maradona.
El contexto argentino era especialmente trágico: Argentina vivía aislada del mundo a causa de la dictadura militar que cinco años antes había bajado a Isabel Perón y tomado el gobierno. Desapariciones, torturas, silencios incómodos, calles donde se respiraba temor al uniforme. No muchas bandas musicales venían.
Faltaban cuatro años para que Maradona alzara la copa del mundo, pero ya para ese entonces era reconocido por todos, por las gambeteadas, por la clase, la elegancia, por el performance que hacía al jugar. Los ingleses, incluido Mercury querían conocer al pibe que había hecho ese gol magnífico a su equipo de fútbol, uno similar al del 86, que sería considerado el mejor gol de la historia del mundo.
"Tener al gran ídolo del país era como recibir una bendición", recordaría años más tarde Roger Taylor en una entrevista.