“Iniciar la marcha que nos permita salir de frustración”; “Ratifico el compromiso de cambiar el rumbo”, “Inflación y deuda récord”, “deudas por obras públicas de más de 35 mil millones de pesos”, “aumentos tarifarios de 3000%”... Nada que nadie no sepa.
“Encontramos un Estado debilitado donde casi desaparecieron los instrumentos de regulación”. Quizás fue la única crítica en serio al gobierno anterior. Denunció “la llegada de supuestos gerentes de alta calidad que fueron recompensados con sueldos que el resto de los empleados no recibieron”.
Habló muy poco del presente. De las medidas “urgentes” que dispusieron. No hubo autobombo a su gestión, ni tono refundacional.
Además de la herencia, planteó dos grandes mensajes para su público interno: la reforma judicial (se cuidó de no hablar de presos políticos) y la legalización del aborto (con matices, que seguramente darán que hablar cuando se conozca el proyecto). Hasta parte de la oposición lo aplaudió con ambos temas.
En el resto, insistió en la idea de concertación. Habló de crear distintos consejos para pensar el país a futuro:
- Consejo para Afianzar la Administración de Justicia
- Consejo Nacional de Asuntos Relativos a las Islas Malvinas
- Ley del Consejo Económico y Social para el Desarrollo Argentino.
- Cuerpo de administradores gubernamentales (“un sueño de Raúl Alfonsín”).
- Crear "capitales alternativas" en todo el país (¿como la vieja idea de mudar la Capital a Viedma?)
La mayoría de estos insturmentos se va a aprobar por ley y vuelve a poner la idea alfonsinista del Estado mediando en conflictos y la academia proponiendo soluciones a las políticas de Estado. Objetivos nobles, en el marco de “un nuevo Contrato de Ciudadanía Social”.
Habló de fortalecer la minería (Pino Solanas aún espera que lo manden a la Unesco), de fortalecer la industria y la ciencia (“somos un gobierno con científicos, no con Ceos”).
Le dio un párrafo al campo (“Que el campo crezca es uno de nuestros objetivos”) y dijo que resolvería las diferencias con diálogo. Quizás por eso omitió anunciar la suba de las retenciones que tanto hubieran aplaudido los suyos.
No nombró a los países de la región ni a Estados Unidos. Sí, en cambio, mencionó dos veces al Mercosur, a China y Rusia.
Cuando terminó de hablar la oposición reclamó algunas cosas:
- Que “mintió” con la herencia. (“En 2010 la economía ya estaba estancada”, dijo Cornejo jefe de la UCR)
- Que no se escuchó que la reforma judicial vaya a implicar seguir con las causas por corrupción política (Mario Negri).
- Que habla de diálogo pero que después las leyes las sacan con “diputruchos” para no tocar una coma (Christian Ritondo).
- Sigue sin programa económico y ni siquiera dio fecha de posible presentación de presupuesto.
Son chicanas de la política, pero que marcan un poco las dificultades en el camino de la concertación.
Citando a Alfonsín, en un tramo afirmó: “La tarea que tenemos por delante supone una ética de la convicción para no renunciar a nuestros ideales y también una ética de la responsabilidad para saber que la verdad es sinfónica, compuesta de voces, intereses y miradas diversas”.
Si el gobierno K fue la vuelta (discursiva) a los 70, Alberto insiste con palabras que suenan a la vuelta a los 80. Quizás enunciando las mejores intenciones de aquellos años y con el deseo de concretar las transformaciones que Alfonsín no “supo, no pudo o no quiso” concretar. No es casual, que su hijo, Ricardo, haya sido uno de los más efusivos a la hora de elogiar el discurso.
¿En qué falló aquella épica alfonsinista? En la falta de resultados económicos. Justamente un rubro del que hasta ahora se sabe poco y nada sobre la gestión de Alberto Fernández.