Opinión

Alberto Fernández frente a una nueva (¿última?) oportunidad

Se puede perder una final y aun así encontrar motivos para celebrar. Aunque el FdT no tiene razones para celebrar, tampoco debe dramatizar la derrota.
Hernán Reyes
por Hernán Reyes |
Alberto Fernández

Alberto Fernández

Los resultados de esta elección se prestan, como es costumbre, a diversas y contradictorias interpretaciones. Las elecciones son un mecanismo a través del cual se dirimen liderazgos, se contrastan ideas y se miden adhesiones. Es una competencia sofisticada que exige el compromiso, la voluntad y la coordinación de millones de personas. Siempre hay ganadores y perdedores, pero como toda contienda, debe ser analizada en contexto.

En primer lugar, es importante destacar la transparencia del proceso eleccionario en todo el país. Aunque la participación fue más baja que en otras ocasiones por múltiples razones, las elecciones transcurrieron en paz y los resultados se informaron de manera clara y accesible. La democracia en nuestro país, aun goza de buena salud y eso siempre es una buena razón para celebrar.

El peronismo hizo una de sus peores elecciones, sufrió un revés en 15 provincias y perdió el quórum propio en el Senado. Juntos por el Cambio, obtuvo una diferencia considerable de apoyo a nivel nacional superando por 9 puntos porcentuales al Frente de Todos. En algunas provincias como Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos, la coalición amarilla se impuso de manera contundente. En otras, como en la Provincia de Buenos Aires, ganó con escaso margen. El desempeño en cada provincia y en cada municipio debe analizase de manera independiente teniendo en cuenta las particularidades socio políticas, económicas e históricas de cada territorio.

Perder una final no es lo mismo que ser descalificado en primera ronda. Se puede perder una final y aun así encontrar motivos para celebrar. Aunque el FdT no tiene razones para celebrar, tampoco debe dramatizar la derrota.

No pudo revertir el resultado en Chubut y en La Pampa como lo hizo en Chaco y en Tierra del Fuego. Pero, a pesar de la mala cosecha, continua siendo la primera minoría en ambas cámaras.

Juntos por el Cambio confirmó su supremacía en el centro del país y en las grandes ciudades, los territorios de mayores recursos económicos, mientras que el peronismo resiste como puede en las provincias más pobres del norte (con excepción de Jujuy) y en el conurbano.

En la provincia de Buenos Aires, la madre de todas las batallas, el peronismo logró achicar la diferencia, pero no alcanzó a evitar la derrota. Juntos por el Cambio consolida un lento pero seguro crecimiento desde las elecciones de medio término de 2009, cuando Francisco De Narváez derrotó a Néstor Kirchner en alianza con Mauricio Macri y Felipe Solá. El peronismo no sólo no tiene garantizada la victoria en el distrito más densamente poblado del país, sino que cada vez está más debilitado en el conurbano, su principal bastión.

Este hecho debería llamar a la reflexión a los principales dirigentes del FdT y a los intendentes que se pusieron la campaña al hombro después de las PASO del 12 de septiembre. Aunque ratificó su liderazgo en municipios clave como la Matanza y Lomas de Zamora y revirtió el resultado de manera contundente en lugares como Quilmes, San Martí o San Fernando, donde había perdido en las PASO por 15 puntos, el Frente de Todos no pudo evitar la derrota en Tigre, Morón e Ituzaingó.

Si se compara el resultado de esta elección con la última elección presidencial, es evidente que un porcentaje significativo de argentinos retiró su apoyo al gobierno nacional y se expresó en contra de Alberto Fernández en particular. En la Provincia de Buenos Aires, el Frente de Todos perdió 14 puntos de apoyo entre los dos comicios.

La imagen de Alberto Fernández sufrió una caída muy grande durante el último año producto de múltiples factores entre los que se destacan errores no forzados de liderazgo y una pérdida importante de su credibilidad. Además, el Frente de Todos no logró durante los primeros dos años de gestión transmitir un mensaje unificado. Por el contrario, las diferencias internas estuvieron a la orden del día, alimentando un clima de incertidumbre e inestabilidad política dentro y fuera de la coalición gobernante.

Los votantes no responsabilizan al Frente de Todos por la crisis económica, pero si responsabilizan al gobierno de Alberto Fernández por la falta de conducción, por la incoherencia discursiva y por la impotencia que ha demostrado frente a problemas como la inflación y la inseguridad. Muchos votantes que apoyaron a Alberto Fernández en 2019 entienden que el gobierno recibió un país con serios problemas macroeconómicos. Tampoco ignoran el fuerte impacto que ha tenido la pandemia. Sin embargo, los problemas de conducción, la ausencia de un horizonte claro y la falta de un relato esperanzador limaron las expectativas que estos votantes habían depositado en el Frente de Todos.

La decisión estratégica de desplazar al presidente del centro de la campaña y delegar en los gobiernos locales las acciones tácticas resultó acertada ya que, de no haber sido así, la perdida de apoyo probablemente hubiese sido más grande.

Sin embargo, en un contexto como el actual con una inflación superior al 50% interanual, salarios depreciados, aumento de los niveles de pobreza e inseguridad y alta conflictividad social, el saldo que deja esta elección, aunque desfavorable, no es tan negativo como algunos afirman.

El peronismo demostró que tiene capacidad de reacción. La militancia, sin herramientas discursivas pero con convicción, salió a defender al gobierno y logró su cometido: una derrota digna para poder encarar la segunda parte del mandato.

Una derrota más contundente de la oposición hubiera debilitado mucho al presidente y hubiera alentado a Cristina Kirchner a ocupar un lugar más protagónico de cara a los próximos dos años. La intervención de Cristina luego de las PASO socavó la autoridad presidencial e hizo tambalear la unidad del peronismo, pero los resultados de la elección fortalecen su liderazgo hacia el interior de la alianza.

Alberto Fernández tiene una nueva oportunidad para reconstruir su autoridad, demostrar capacidad de gestión, lograr los acuerdos que el país necesita para encaminar la economía y recuperar la credibilidad perdida.

(*) Hernán Reyes es socio de la consultora en opinión pública Reyes-Filadoro

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