En distintos puntos del país, la escena se repite. Familiares de detenidos permanecen en vigilia frente a los centros de detención, aguardando noticias que llegan de manera fragmentaria y, en general, a último momento. No existen listas oficiales de personas liberadas ni un cronograma anunciado, lo que convierte la espera en una experiencia cargada de angustia e incertidumbre.
En la práctica, los llamados oficiales suelen producirse apenas minutos antes de las excarcelaciones, sin confirmaciones previas ni previsibilidad. Esa modalidad refuerza la percepción de arbitrariedad y profundiza el desgaste emocional de las familias.
A este escenario se suma la interna del propio régimen. Organizaciones y allegados a los detenidos advierten que existen disputas entre distintos sectores del poder por el control de los presos políticos, lo que condiciona el proceso de liberaciones.
Un caso señalado es el del ministro del Interior y Justicia, Diosdado Cabello. Aunque su peso político se redujo tras la reciente reconfiguración del poder, busca mantener capacidad de negociación y relevancia interna a través del manejo de los presos políticos. Esa puja agrega un nuevo factor de incertidumbre a un proceso que, lejos de ofrecer garantías, continúa envuelto en opacidad y desconfianza.
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