A simple vista, hay algo que parece completamente establecido: un día dura 24 horas. Esa medida forma parte de la vida cotidiana, organiza nuestras actividades y sirve como referencia para prácticamente todos los sistemas de medición del tiempo.
A simple vista, hay algo que parece completamente establecido: un día dura 24 horas. Esa medida forma parte de la vida cotidiana, organiza nuestras actividades y sirve como referencia para prácticamente todos los sistemas de medición del tiempo.
A simple vista, hay algo que parece completamente establecido: un día dura 24 horas. Esa medida forma parte de la vida cotidiana, organiza nuestras actividades y sirve como referencia para prácticamente todos los sistemas de medición del tiempo.
Sin embargo, desde el punto de vista científico, la realidad es bastante más compleja.
La Tierra no mantiene una velocidad de rotación absolutamente constante. El planeta puede acelerar o desacelerar mínimamente su giro y esas pequeñas modificaciones hacen que la duración de un día cambie por algunos milisegundos.
Aunque se trata de diferencias imposibles de percibir para una persona en su vida cotidiana, los científicos pueden detectarlas mediante instrumentos extremadamente precisos. Y esas pequeñas variaciones contienen información de enorme valor: permiten estudiar procesos que tienen lugar a miles de kilómetros de profundidad, en regiones que no pueden ser observadas directamente.
Ahora, una investigación publicada en la revista científica Nature aportó nuevas pistas para explicar qué ocurre durante esos cambios.
El trabajo fue realizado por Huifeng Zhang y Mathieu Dumberry, investigadores del Departamento de Física de la Universidad de Alberta, quienes desarrollaron un modelo destinado a estudiar cómo distintas fuerzas que actúan en el interior del planeta pueden modificar su rotación.
La conclusión principal apunta hacia un mecanismo que ocurre en una de las zonas más inaccesibles de la Tierra: el núcleo interno.
Según el estudio, un torque gravitacional generado por el núcleo interno sería el principal responsable de las variaciones de la duración del día que se producen en escalas de varias décadas. Otros mecanismos, entre ellos fuerzas electromagnéticas y efectos relacionados con la topografía del límite entre el núcleo y el manto, actuarían en sentido contrario y moderarían el fenómeno.
El hallazgo permite comprender mejor una de las características más particulares del planeta: su rotación no es un movimiento perfectamente uniforme.
Las 24 horas que utilizamos para definir un día representan, en términos generales, el tiempo que necesita la Tierra para completar una rotación sobre su propio eje.
Pero esa rotación no funciona como el mecanismo de un reloj que mantiene exactamente la misma velocidad durante todo el tiempo.
El planeta es un sistema dinámico compuesto por diferentes capas que interactúan entre sí. La atmósfera, los océanos, las masas de hielo, el manto y el núcleo participan, de diferentes maneras, en el intercambio de momento angular.
Cuando ese intercambio cambia, también puede modificarse ligeramente la velocidad de rotación terrestre.
El efecto es diminuto. La duración del día puede variar apenas unos milisegundos, una diferencia completamente imperceptible para una persona que mira el reloj, trabaja, duerme o realiza sus actividades habituales.
Para los científicos, en cambio, esos milisegundos son una fuente de información extraordinariamente importante.
Las mediciones geodésicas permiten registrar estas variaciones y utilizarlas para investigar qué está sucediendo dentro del planeta. De esta manera, un cambio aparentemente insignificante en la duración de un día puede convertirse en una ventana hacia las profundidades de la Tierra.
Las variaciones que analizaron Zhang y Dumberry son particularmente interesantes porque se producen en períodos de varias décadas.
Durante años se sabía que estos cambios podían estar vinculados con el intercambio de momento angular entre el núcleo y el manto. Lo que no estaba completamente resuelto era determinar qué fuerzas específicas podían explicar la magnitud y el comportamiento de esas modificaciones.
Ese es precisamente uno de los interrogantes que intenta responder la nueva investigación.
Para comprender el descubrimiento es necesario viajar imaginariamente hacia el centro del planeta.
La Tierra tiene varias capas y, en su zona más profunda, se encuentra el núcleo. Está compuesto principalmente por hierro y tiene dimensiones comparables a las de Marte.
El núcleo terrestre se divide en dos grandes regiones.
Por un lado está el núcleo externo, que permanece en estado líquido. Sus movimientos son fundamentales para uno de los fenómenos más importantes del planeta: la generación del campo magnético terrestre.
Por otro lado se encuentra el núcleo interno, una región sólida que permanece inmersa dentro del material líquido del núcleo externo.
Aunque ambas estructuras forman parte del mismo sistema, el núcleo interno puede presentar un movimiento diferente al del resto de la Tierra.
Esa llamada rotación diferencial resulta fundamental para comprender el fenómeno analizado por los investigadores.
El núcleo interno no debe imaginarse como una esfera perfectamente homogénea. Existen diferencias en la distribución de materiales y densidades dentro de esta región. Algo similar sucede en las capas superiores, incluido el manto.
Esas diferencias generan interacciones gravitacionales.
Y allí aparece uno de los elementos centrales del nuevo estudio.
El modelo desarrollado por los investigadores plantea que la gravedad puede intentar mantener determinadas regiones más densas del núcleo interno alineadas con determinadas zonas de densidad diferente presentes en el manto.
Cuando el núcleo interno se desplaza respecto de esa posición, la atracción gravitacional genera un torque.
En física, un torque es una fuerza capaz de producir o modificar un movimiento de rotación.
En este caso, el fenómeno ocurre a una profundidad enorme y tiene consecuencias sobre el movimiento global del planeta.
El mecanismo puede imaginarse como una especie de “tira y afloje” interno.
Por un lado, la interacción gravitacional tiende a llevar determinadas regiones del núcleo interno hacia una posición de alineación con estructuras presentes en el manto.
Por otro, existen fuerzas que pueden oponerse a ese movimiento.
Los investigadores tuvieron en cuenta especialmente los torques electromagnéticos y topográficos que aparecen en la zona de contacto entre el núcleo y el manto.
Cuando todos esos mecanismos se incorporan al modelo, las simulaciones consiguen reproducir de manera más adecuada las variaciones observadas en la duración del día.
Uno de los puntos más llamativos de las investigaciones recientes sobre el interior de la Tierra es que el núcleo interno no necesariamente gira a la misma velocidad que el resto del planeta.
Durante determinado período, los científicos observaron indicios de que esa región podía rotar ligeramente más rápido que la superficie terrestre.
Sin embargo, el comportamiento no habría sido constante.
Investigaciones sísmicas anteriores permitieron reconstruir los cambios en la rotación diferencial del núcleo interno desde aproximadamente la década de 1960.
Esos análisis indicaron que el núcleo interno giraba ligeramente más rápido que el resto del planeta hasta alrededor de 2010. Después de ese momento, el comportamiento cambió y comenzó a registrar una rotación relativamente más lenta.
La diferencia, nuevamente, es extremadamente pequeña.
No significa que el núcleo interno se haya detenido ni que haya comenzado a girar en sentido contrario. Se trata de variaciones minúsculas en su velocidad de rotación relativa.
Pero esas modificaciones pueden tener consecuencias detectables sobre la dinámica general del planeta.
Los investigadores utilizaron precisamente esta información para intentar determinar qué mecanismos podían explicar los cambios registrados durante las últimas décadas.
Uno de los grandes desafíos de la investigación sobre el interior terrestre es que los científicos no pueden acceder físicamente al núcleo.
No existe una perforación que permita llegar hasta esas profundidades. Por eso, buena parte de la información se obtiene de manera indirecta.
Las ondas sísmicas son una de las herramientas más importantes.
Cuando ocurre un terremoto, la energía liberada viaja a través del interior de la Tierra en forma de ondas. Su comportamiento cambia según los materiales que atraviesan.
Al estudiar esas señales es posible obtener información sobre la estructura interna del planeta y, en determinados casos, sobre el comportamiento del núcleo.
Para el nuevo trabajo, Zhang y Dumberry combinaron diferentes fuentes de información.
Una de ellas fueron las reconstrucciones sísmicas de la rotación diferencial del núcleo interno.
También incorporaron modelos sobre el movimiento del núcleo externo desarrollados a partir de cambios observados en el campo magnético terrestre.
La combinación de ambos tipos de información permitió construir un modelo capaz de analizar la participación de diferentes fuerzas en las variaciones de la duración del día.
El estudio tomó como referencia, además, resultados de investigaciones anteriores que habían utilizado ondas sísmicas generadas por terremotos para reconstruir los movimientos del núcleo interno.
De esta forma, los investigadores pudieron comparar los cambios registrados en el comportamiento del núcleo con las variaciones observadas en la rotación del planeta.
El principal resultado del estudio es que el torque gravitacional asociado al núcleo interno aparece como el mecanismo dominante para explicar las variaciones multidecadales en la duración del día.
Esto no significa que exista una única causa detrás de todos los cambios de la rotación terrestre.
El planeta está sometido a numerosos procesos que pueden modificar su velocidad de giro.
La atmósfera, los océanos, las masas de hielo, los movimientos tectónicos y otros fenómenos pueden generar cambios en diferentes escalas temporales.
Pero cuando se analiza un período de varias décadas, el modelo presentado en Nature encuentra que la interacción gravitacional entre el núcleo interno y las estructuras del manto puede explicar una parte importante del comportamiento observado.
Las fuerzas electromagnéticas y los efectos asociados con el límite entre el núcleo y el manto funcionan, mientras tanto, como mecanismos que moderan el movimiento generado por la gravedad.
La combinación de todos estos factores permite obtener una representación más precisa de cómo evoluciona la duración del día.
La importancia del descubrimiento va mucho más allá de saber si un día puede durar unos milisegundos más o menos.
El verdadero valor científico está en que las variaciones de la rotación terrestre funcionan como una especie de señal indirecta del comportamiento del interior del planeta.
Los investigadores pueden observar desde la superficie un pequeño cambio en la velocidad de rotación y utilizarlo para inferir qué está sucediendo en regiones situadas a miles de kilómetros de distancia.
El estudio también aporta indicios sobre características particulares del interior profundo.
Los resultados apuntan hacia la existencia de determinadas estructuras en la zona más profunda del manto y hacia una capa rica en hierro y altamente conductora ubicada en la base del manto.
Además, el modelo plantea que el núcleo interno podría experimentar procesos de deformación en períodos relativamente cortos, incluso de algunos años.
Estos resultados abren nuevas preguntas sobre la estructura y evolución del interior terrestre.
A pesar de lo llamativo del descubrimiento, no hay motivos para pensar que las personas vayan a notar estos cambios en sus relojes.
Las modificaciones analizadas son extremadamente pequeñas y se encuentran muy lejos de cualquier escala temporal que pueda afectar de manera perceptible nuestras actividades diarias.
Un cambio de algunos milisegundos no modifica la rutina de una persona ni significa que de repente un día vaya a durar varias horas más o menos.
La relevancia es principalmente científica.
Los sistemas modernos de medición del tiempo y de la rotación terrestre son lo suficientemente precisos como para registrar estas pequeñas diferencias. Gracias a esa precisión, los investigadores pueden estudiar procesos que de otro modo permanecerían prácticamente ocultos.
En ese sentido, la duración del día se convierte en una herramienta para investigar el interior de la Tierra.
El nuevo estudio, publicado el 23 de septiembre de 2026 en Nature bajo el título Gravitational torque drives multidecadal variations in length of day, refuerza una idea fundamental de la geofísica: el planeta no es una estructura rígida y estática.
Aunque desde la superficie parezca que todo permanece estable, en su interior ocurren movimientos permanentes.
El núcleo externo se desplaza, el campo magnético cambia, el núcleo interno modifica su comportamiento y las diferentes capas intercambian energía y momento angular.
Todo ese movimiento puede terminar dejando una pequeña huella en algo tan cotidiano como la duración de un día.
El trabajo de Zhang y Dumberry propone que, cuando se observan las variaciones producidas durante varias décadas, la gravedad que actúa entre el núcleo interno y el manto desempeña un papel central.
El hallazgo permite avanzar en la comprensión de una zona del planeta que continúa siendo uno de los grandes misterios científicos.
Y demuestra que, en ocasiones, una diferencia de apenas unos milisegundos puede contener información sobre fenómenos que ocurren a miles de kilómetros bajo nuestros pies.