Para Rolón, ambas posiciones pueden tener un punto en común: dejar en segundo plano aquello que está ocurriendo en el presente.
La memoria y el lugar que ocupa el pasado
Uno de los ejes de la reflexión de Gabriel Rolón fue la memoria. El psicólogo la describió como un territorio “particular y enigmático”, en el que las personas conservan experiencias, vínculos y momentos que ya no pueden recuperar de la misma manera.
La memoria, según explicó, cumple una función que va más allá de recordar acontecimientos. También permite preservar simbólicamente aquello que se perdió.
En ese sentido, Rolón sostuvo que las personas guardan determinados recuerdos “para que no se lo lleve la muerte para siempre”.
La frase permite comprender por qué algunos episodios del pasado adquieren una importancia especial con el paso del tiempo. Una relación que terminó, una persona que murió, una etapa de la infancia o un período que quedó atrás pueden permanecer presentes a través del recuerdo.
Pero ese recuerdo no necesariamente constituye una reproducción exacta de lo ocurrido.
Por el contrario, el especialista planteó que existe una transformación permanente de aquello que se conserva en la memoria. Los recuerdos pueden modificarse con el paso del tiempo, incorporando nuevas interpretaciones y emociones.
Por eso utilizó una comparación particular: “Hacemos como una edición, un photoshopeo de los recuerdos”.
La expresión apunta a un mecanismo cotidiano mediante el cual determinados acontecimientos pueden adquirir una apariencia diferente cuando son observados desde el presente.
Por qué podemos idealizar lo que ya pasó
Uno de los ejemplos mencionados por Rolón estuvo relacionado con los vínculos familiares.
Con el paso de los años, las personas que ya no están pueden aparecer en la memoria de una manera diferente de cómo fueron durante su vida cotidiana. La distancia temporal puede suavizar conflictos, discusiones o aspectos negativos, mientras que determinados gestos y momentos adquieren mayor relevancia.
“Nuestros padres que ya no están se transforman en personas por ahí más nobles de lo que fueron, más sensibles”, explicó.
Algo similar puede ocurrir con la infancia.
Una persona adulta puede recordar determinados lugares, vacaciones, reuniones familiares o experiencias de su niñez como momentos especialmente luminosos. Sin embargo, esa representación no necesariamente coincide de manera exacta con la experiencia original.
Rolón señaló que incluso la infancia puede transformarse en la memoria en un lugar más bello de lo que fue.
Esto no significa que los recuerdos sean falsos. El planteo apunta a otra cuestión: la memoria selecciona, reconstruye y resignifica.
El paso del tiempo modifica la perspectiva desde la cual una persona observa aquello que vivió. Lo que en determinado momento parecía cotidiano puede adquirir otro significado años después.
Y esa transformación puede influir directamente sobre la manera en que alguien evalúa su vida actual.
El riesgo de comparar constantemente el presente con el pasado
La nostalgia puede tener un valor emocional importante. Recordar a quienes ya no están, recuperar experiencias significativas o volver mentalmente a determinados momentos puede formar parte de la propia identidad.
El problema, según la mirada planteada por Rolón, aparece cuando el pasado deja de ser una parte de la historia personal para convertirse en el lugar en el que se pretende vivir nuevamente.
La diferencia es importante.
Una persona puede mirar hacia atrás, reconocer lo que vivió y conservar esos recuerdos como parte de su recorrido. Pero también puede quedar atrapada en una comparación permanente entre aquello que fue y aquello que es.
Cuando eso sucede, el presente puede parecer insuficiente simplemente porque se lo enfrenta con una versión idealizada del pasado.
La frase “lo que fue ya está perdido” sintetiza una de las ideas centrales de la reflexión.
El pasado tiene valor, pero no puede ser recuperado exactamente como ocurrió. Los momentos felices forman parte de una historia que ya sucedió y cuyo significado puede acompañar a una persona durante toda su vida.
Sin embargo, intentar reproducir permanentemente aquello que quedó atrás puede impedir que aparezcan nuevas experiencias.
La felicidad futura también puede convertirse en una trampa
La reflexión de Rolón no se limita a la nostalgia. También apunta hacia el extremo opuesto: la tendencia a pensar que la felicidad llegará más adelante.
Muchas personas organizan su vida alrededor de una condición futura.
“Voy a estar bien cuando consiga determinado trabajo”.
“Voy a disfrutar cuando tenga más tiempo”.
“Voy a ser feliz cuando termine este problema”.
“Voy a sentirme tranquilo cuando alcance determinado objetivo”.
Los proyectos y los sueños forman parte de la vida y pueden ser motores fundamentales. El problema aparece cuando el presente queda completamente subordinado a una promesa futura.
Desde esta perspectiva, la felicidad siempre parece estar un poco más adelante. Cuando se alcanza una meta, aparece otra. Cuando se resuelve un problema, surge una nueva condición.
El resultado puede ser una postergación permanente del bienestar.
Por eso Rolón no plantea abandonar los proyectos. Al contrario, los sueños continúan siendo necesarios, pero no deberían convertirse en una excusa para dejar de experimentar aquello que ocurre en el presente.
“No nos bajemos de la vida antes de tiempo”
En otro de los momentos destacados de la entrevista, Rolón dejó una expresión especialmente contundente: “No nos bajemos de la vida antes de tiempo”.
La frase puede interpretarse dentro de su reflexión sobre las distintas maneras en que una persona puede dejar de estar conectada con su propia existencia.
No necesariamente se trata de abandonar físicamente la vida, sino de dejar de participar activamente de ella, renunciar a nuevas experiencias o asumir que los mejores momentos quedaron definitivamente atrás.
También puede ocurrir cuando todo lo importante queda postergado para un futuro indefinido.
En ambos casos, el presente pierde protagonismo.
Para Rolón, reconocer que hubo momentos felices no debería llevar necesariamente a concluir que la felicidad pertenece exclusivamente al pasado.
Del mismo modo, tener proyectos no implica que todo el bienestar deba quedar reservado para el futuro.
La posibilidad estaría, entonces, en recuperar cierta atención sobre el momento actual.
El desafío de vivir en el aquí y ahora
“Intentemos algo aquí, ahora”, planteó Rolón durante la conversación.
La frase resume una propuesta que no apunta a negar el pasado ni a renunciar al futuro. Se trata de encontrar un equilibrio entre las tres dimensiones.
El pasado permite construir una identidad. Allí aparecen las experiencias, los vínculos, los aprendizajes y también las pérdidas que contribuyeron a formar a cada persona.
El futuro, en tanto, aporta proyectos, deseos y objetivos.
Pero el presente es el único momento en el que una persona puede actuar sobre su vida.
Es allí donde se toman decisiones, se establecen vínculos, se modifican hábitos, se comienzan proyectos o se busca ayuda cuando algo no funciona.
Por eso, quedar permanentemente mirando hacia atrás o esperando que todo cambie mañana puede reducir las posibilidades de intervenir sobre aquello que está ocurriendo hoy.
La propuesta de Rolón no consiste en perseguir una felicidad permanente. Más bien invita a considerar que el bienestar puede construirse a partir de momentos concretos, sin exigir que toda la vida tenga que responder a una idea perfecta de felicidad.
La felicidad no necesariamente significa estar bien todo el tiempo
Otro aspecto que aparece detrás de esta reflexión es la necesidad de abandonar una concepción simplificada de la felicidad.
La vida está atravesada por pérdidas, frustraciones, incertidumbre, cambios y momentos difíciles. Pretender que la felicidad implique una ausencia permanente de problemas puede generar una expectativa imposible de cumplir.
En ese sentido, recordar que existieron momentos difíciles también forma parte de una mirada realista sobre la propia historia.
La memoria puede embellecer determinadas etapas, pero eso no significa que aquellas épocas hayan estado libres de conflictos.
Algo similar sucede con el presente: que una persona atraviese un momento complejo no significa necesariamente que toda su vida haya perdido sentido.
La mirada propuesta por Rolón coloca el foco en la posibilidad de continuar construyendo, incluso cuando el pasado tiene un peso importante o cuando el futuro todavía resulta incierto.
Los recuerdos forman parte de quienes somos, pero no tienen por qué definir lo que viene
La identidad personal se construye a partir de una enorme cantidad de experiencias. La familia, la infancia, los vínculos, las pérdidas, los logros y las decisiones forman parte de ese recorrido.
Pero una persona no es solamente aquello que le ocurrió.
Sobre el final de la conversación, Rolón sintetizó esta idea con una frase: “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”.
La expresión introduce una diferencia entre la historia recibida y la respuesta que cada individuo puede construir a partir de ella.
El pasado tiene peso. Las experiencias dejan marcas y condicionan determinadas formas de interpretar el mundo. Sin embargo, eso no significa que cada acontecimiento determine de manera absoluta aquello que sucederá después.
Existe también una dimensión de construcción.
El recuerdo puede acompañar, enseñar y dar sentido. Los proyectos pueden orientar hacia el futuro. Pero entre ambos existe un espacio fundamental: el presente, donde todavía pueden tomarse decisiones.
Una mirada diferente sobre la felicidad
La reflexión de Gabriel Rolón, publicada en el marco de su entrevista con LA NACION, propone pensar la felicidad lejos de las respuestas instantáneas y de las fórmulas que prometen resultados rápidos.
Su planteo pone en discusión dos movimientos que pueden aparecer en la vida cotidiana: idealizar aquello que ya pasó y depositar toda la esperanza en aquello que todavía no ocurrió.
En el primer caso, el pasado puede convertirse en un lugar aparentemente perfecto al que se intenta regresar. En el segundo, el futuro aparece como la única instancia donde finalmente será posible sentirse bien.
Entre ambos extremos queda el presente.
Y allí aparece una de las principales ideas de la reflexión: no se trata de olvidar lo vivido ni de dejar de soñar con lo que viene, sino de evitar que el pasado y el futuro ocupen por completo el espacio de la vida actual.
Los recuerdos pueden conservar personas y momentos que ya no están. Los proyectos pueden ofrecer dirección y sentido. Pero ninguna de esas dos dimensiones reemplaza la posibilidad de actuar sobre el presente.
Por eso, la frase “No nos bajemos de la vida antes de tiempo” adquiere un significado central dentro de su planteo.
La felicidad, desde esta perspectiva, no aparece como un estado permanente ni como un destino al que se llega definitivamente. Puede estar relacionada con la capacidad de seguir construyendo, de reconocer lo vivido y, al mismo tiempo, de permanecer disponible para aquello que todavía puede suceder.
En definitiva, el pasado puede formar parte de nuestra historia sin convertirse en nuestro único refugio, mientras que el futuro puede seguir siendo un horizonte sin transformarse en una promesa que obligue a postergar la vida.
La invitación de Rolón apunta justamente hacia ese equilibrio: recordar sin quedar atrapados, proyectar sin postergar y volver la mirada hacia el presente para intentar construir algo allí, ahora.