En primera persona

Entre la vergüenza y la sombra de la muerte: por qué tengo miedo de sacarme el barbijo

Mientras en Argentina comenzó a relajarse su uso, desprenderse del barbijo es mucho más que acatar una nueva regla: "Es llevar como una cruz algo que nos recuerda que estuvimos bastante jodidos".
Kristel Freire
por Kristel Freire |
Desde este viernes 1 de octubre dejó de ser obligatorio el uso de barbijos al aire libre (Foto: archivo).

Desde este viernes 1 de octubre dejó de ser obligatorio el uso de barbijos al aire libre (Foto: archivo).

Pánico. Persecución. Necesidad. Me quito y me pongo el barbijo con miedo, como si ese pedazo de tela impidiera que se dispare un fusil cargado de balas dispuesto a matar sin mi permiso. O una granada. Pum. Todos contagiados. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Me ven, lo siento, lo sé.

Toda esa gente que camina por las avenidas arboladas de Belgrano, con el rabo del ojo me juzgan. ¿Será? He osado a bajarme el barbijo, a acatar las nuevas reglas. No lo quiero ver más, no lo quiero sentir más. Tener el barbijo me recuerda los muertos, miles, las historias que desconozco, las lágrimas que vi en la cara de mi mejor amiga cuando su padre murió, las piedras pintadas. No son una estadística, me repito, un número perdido entre estos y aquellos.

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Piedras en la Casa Rosada. La marcha que se hizo en homenaje a las víctimas del coronavirus en Argentina (Foto: archivo).

Piedras en la Casa Rosada. La marcha que se hizo en homenaje a las víctimas del coronavirus en Argentina (Foto: archivo).

Decía Svetlana Alexiévich que no hay que imponer una idea, por hermosa que sea. Lo decía en el contexto de la Unión Soviética, del fascismo, de una política que te invita a seguir un ideal a costa de tu libertad. El problema llega cuando hay que determinar medidas por el bien de un colectivo. Entonces, llega la imposición y con ella la idea de que nos cortan las patas. ¿Por qué tengo que acceder a usar algo que no quiero? Porque la gente se muere. Si no lo usás, fin.

La psicóloga Cristina García (M.N. 20.622) afirma que todo el tiempo estamos tratando de obviar la muerte. Esconderla. Pero esta pandemia nos la ha traído a las narices. "Una persona que tiene presente la muerte todos los días, tiene algo patológico. Pero ahora esto (la pandemia) nos lo pone en frente y no podemos escapar. No lo podemos controlar. Ahora el virus controla tu vida, y todo esto da un halo de depresión, en un aislamiento opresivo".

El barbijo, un dilema moral

Contra la muerte no hay mucho que hacer. Camus nos enseñó que las peores pestes no son biológicas sino morales. Somos el Dr. Rieux, el personaje principal de La Peste, viendo desde nuestro espacio las bondades y miserias humanas, ayudando en lo que podemos o equivocándonos. Pero también somos Rambert, pretendiendo huir de algo que no consideramos nuestro, porque "quién se comió el pangolín". Pero a esta altura ya nos dimos cuenta de que la responsabilidad es compartida. O al menos eso escojo creer.

Soy periodista y trabajo con datos. Pero también con historias. Me atraviesan. Aquella nena arrojada en un pasillo de un sanatorio, joven como yo, muriendo en condiciones desdeñables, ¿de quién es la culpa?, ¿del Gobierno por no tener una cama lista?, ¿de ella por contagiarse?, ¿mía por no haber llegado antes a su historia?, ¿de alguien que sin querer o queriendo se sacó el barbijo y empezó una bola de contagios que mató y mató?

Estación de Constitución. Barbijos. Ciudad de Buenos Aires. Gente con barbijos cruza la calle. CABA

Todos esos pensamientos son una nube que me persigue una y otra vez mientras camino. Al lado mío, ni siquiera atrás, marcha la sombra del terror. Le decía Lacan a sus alumnos: "Ya van a ver cuando nadie muera de vergüenza". Pienso en los antivacunas, en los discursos fascistas, en los libertarios y su "el pobre es pobre porque quiere", y pienso en mí. ¿Será que lo único que me separa de ellos es la vergüenza? Porque siento que lo único que me ata a la tela es eso, la vergüenza.

Lacan habla de la imagen y señala que en la construcción del imaginario de nosotros mismos siempre tendemos a compararnos con el resto y a ponernos en desventaja. De ahí que nos pongamos límites o tengamos acuerdos compartidos sobre lo que es ser humano. La vergüenza a que el otro nos juzgue de malas personas es lo que muchas veces no detiene de ser unos salvajes, y, ponele, quemar barbijos en la Plaza de Mayo.

¿La libertad es estar sin barbijo?

"Ya podemos ser libres", dice Ramiro, mi novio. Porque la verdadera libertad ahora depende de una tela. La vida es un antes y un después de ese barbijo. Porque no es el 2020, ni siquiera la misma pandemia, es el hecho de llevar como una cruz algo que nos recuerda que estuvimos bastante jodidos y lo peor, que no ha terminado, siempre podemos jodernos más.

Le pregunto al Dr. Ricardo Rey, psiquiatra y psicoanalista (M.N. 65250), si las patologías mentales han aumentado estos últimos años por todo lo que implica el encierro del Covid, me mira y sonríe, no quiere decirme que mí pregunta es obvia y hasta estúpida, pero lo puedo leer en su expresión. De repente, me pregunto a qué huele. Me habla de tres patologías, síntomas y agravamientos, y yo lo miro a través de una pantalla mover la boca, pero no puedo sentir su presencia. ¿Cómo describo al doc si no lo puedo sentir, si no sé cómo carajos huele?

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El jefe de Gabinete, Juan Manzur, y la ministra de Salud, Carla Vizzotti anunciaron el levantamiento de la obligatoriedad del uso de tapabocas (Foto: captura de TV).

El jefe de Gabinete, Juan Manzur, y la ministra de Salud, Carla Vizzotti anunciaron el levantamiento de la obligatoriedad del uso de tapabocas (Foto: captura de TV).

Frío. Sin cuerpo. Los bipolares fueron los que más sufrieron, dice Rey, "ellos son muy sociables". También me recuerda que la bipolaridad es una de las enfermedades mentales más difíciles de diagnosticar y generalmente pasan años hasta que un bipolar se entera de que padece esa condición, lo que agrava todo.

"La ansiedad, el estrés post traumático y la depresión fueron las patologías que más se dispararon", afirma Rey. El doc no titubea, responde como un profesor que le aclara las dudas a su alumno. Es carne de perro, me digo. Tiene experiencia de daños.

Lo conocí a Rey por Manuel, mi amigo escritor que también es bipolar. Ahora entiendo los ataques. Las idas al hospital por un casi coma etílico. Las caídas de Manuel en "el hueco" (así le llamamos a la depresión). Ahora entiendo por qué. Manuel despreciaba la idea de estar atrapado tras la tela esa que le impedía ser quien era.

Un simple barbijo, una protección y también una prisión.

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