En los días previos, el Papa volvió a realizar una de sus tradiciones más personales: la visita a la cárcel Regina Coeli. Desde 2013, solía acudir allí durante el Jueves Santo para replicar el gesto de Jesús y lavar los pies a los reclusos. Este año, aunque no pudo hacer el lavado, se presentó en el lugar y les habló directamente: “A mí me gusta hacer todos los años lo que Jesús hizo el Jueves Santo, el Lavado de pies, en la cárcel. Este año no puedo hacerlo pero sí puedo y quiero estar cerca de vosotros. Rezo por vosotros y por vuestras familias”.
A la salida del penal, cuando fue consultado sobre cómo transitaba la Semana Santa, respondió con un hilo de voz: “Lo vivo como puedo”. Y, cuando un periodista le preguntó cómo se sentía, replicó con una sonrisa: “Estoy sentado”, desatando la risa generalizada de los presentes.
También recibió al personal del hospital Gemelli, donde había estado internado, y mantuvo su cercanía con los sectores más vulnerables, como lo hizo durante todo su pontificado.
Francisco se despidió del mundo con coherencia, humildad y humanidad. Su legado espiritual trasciende a la Iglesia, dejando una huella imborrable también en el plano social y humano.