Trump había insinuado en los últimos días que existían conversaciones “productivas” o al menos canales abiertos con Teherán. Sin embargo, desde Irán hubo señales contradictorias y negativas que enfriaron cualquier expectativa de alivio inmediato. Ese desacople entre el discurso político y la realidad militar es lo que explica por qué el petróleo vuelve a trepar incluso después de algunas jornadas de baja técnica. En decir, el mercado no está comprando paz, sino protección. Y cuando compra protección, el petróleo sube su valor.
El verdadero núcleo del problema sigue siendo el estrecho de Ormuz, el paso marítimo por donde normalmente circula cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo. No hace falta un cierre total para provocar un shock, alcanza con amenazas, ataques puntuales, seguros marítimos disparados y navieras reacias a cruzar la zona para que el precio internacional se recaliente.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo. El mercado no está reaccionando solo a lo que se bombea o deja de bombear, sino a lo que podría dejar de circular, si la crisis se agrava. Y ese “podría” ya vale miles de millones.
Además, la suba del crudo no es un dato abstracto de Wall Street o de los traders en Londres. Cuando el barril se dispara, la onda expansiva llega rápido al resto del mundo y así suben los combustibles, se encarece el transporte, se recalienta la inflación importada y se deteriora la previsibilidad para países altamente dependientes de la energía externa.
En "tiempos de paz" -solo estaba el conflicto en Ucrania porque Israel y Hamas estaban avanzando en su plan de paz - la presidenta del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, había advertido por una nueva crisis global si el crudo llegaba y se mantenía tres meses en los 90 dólares. Luego del inicio de esta guerra, el barril brent lleva un mes -salvo unos pocos días- a más de 100. Es decir, ni la peor pesadilla de la titular del FMI lo había considerado. Según su cálculo, quedan solo 60 días para desactivar otra recesión mundial como en la pandemia pero ya comienzan a verse los efectos. Y como siempre, los cisnes negros golpean en los lugares más inesperados.
Filipinas, el primer país que declara la emergencia energética
Ese impacto ya tiene una primera víctima institucional clara: Filipinas. Se trata del primer país en declarar una emergencia energética nacional por el temor a una disrupción prolongada del suministro y a una escalada de precios que afecte la economía doméstica. Según reportes citados en medios y replicados ampliamente, el gobierno de Ferdinand Marcos Jr. activó medidas extraordinarias ante el riesgo de una oferta crítica de energía.
El caso filipino es especialmente sensible porque su matriz energética es muy vulnerable a un shock externo de hidrocarburos. Si el conflicto en Medio Oriente sigue escalando y el tránsito por Ormuz continúa condicionado, otros países importadores podrían verse obligados a tomar medidas similares, aunque por ahora ninguno dio un paso tan formal.
Y ahí aparece una señal importante para entender el momento actual, del momento en que un país decide pasar del monitoreo a la emergencia. Si eso sucede es porque ya no ve el problema como una turbulencia de mercado, sino como una amenaza de abastecimiento.
Eso es lo que convierte esta suba del petróleo en algo más serio que una reacción coyuntural. Ya son miles de filipinos los que dejaron de usar el auto para ir a sus trabajos y regresar a sus casas.
En este contexto, la gran incógnita es cuánto tiempo puede sostenerse esta tensión sin romper algo más grande. Si la negociación que sugiere Trump no se traduce en hechos verificables -apertura segura del corredor marítimo, reducción de amenazas y baja del riesgo militar- , el mercado va a seguir con su operatoria bajo lógica de crisis. Y esa lógica, históricamente, no se desarma con declaraciones sino con garantías.
El riesgo de la guerra
Por todo esto, el petróleo sigue en suba incluso cuando desde la Casa Blanca se intenta instalar una ventana diplomática. El mercado no está mirando solo la política sino barcos, rutas, seguros, misiles y tiempos de respuesta. Mientras Israel sigue su propio plan, como si sus acciones no tuvieran consecuencias.
Y hoy, en esa ecuación, pesan más los riesgos que las promesas. El secretario general de la ONU, António Guterres, dijo que la guerra ya está fuera de control. Esto implica el riesgo de parálisis en el comercio, inflación, alimentos más caros y ciudadanos de países pobres o emergentes que no puedan tener acceso a la electricidad, la energía o, peor todavía, a la alimentación.