Según fuentes diplomáticas, la delegación libanesa llega a Washington con un pedido concreto: extender la tregua por al menos un mes, exigir el fin de los bombardeos israelíes y detener la demolición de viviendas en el sur del país, una de las principales quejas de Beirut en medio del cese de hostilidades.
En paralelo, también busca abrir negociaciones sobre la retirada de tropas israelíes y la liberación de detenidos, dos puntos clave para consolidar cualquier acuerdo futuro.
Del lado israelí, la prioridad es distinta y mucho más directa: el desarme de Hezbollah. El gobierno de Tel Aviv considera que la existencia del grupo armado- apoyado por Irán - es el principal obstáculo para una paz duradera en la frontera norte.
Esta diferencia de enfoque resume el núcleo del conflicto diplomático: mientras Líbano pone el acento en el cese inmediato de las acciones militares, Israel busca modificar el equilibrio estratégico a largo plazo.
El trasfondo es una guerra que se reactivó a comienzos de marzo, cuando Hezbollah lanzó ataques en apoyo a Irán en el marco de una escalada regional más amplia. La respuesta israelí incluyó bombardeos masivos y operaciones terrestres en el sur del Líbano, con un saldo devastador: más de 2.000 muertos y alrededor de un millón de desplazados, según estimaciones recientes.
En este escenario, Estados Unidos intenta posicionarse como mediador clave. El secretario de Estado, Marco Rubio, encabeza las acciones y busca sostener un canal diplomático que, por ahora, se presenta como la única alternativa a una nueva escalada militar. La presencia simultánea de los embajadores de ambos países en Washington refleja la apuesta de la Casa Blanca por institucionalizar el diálogo, aunque sea en un nivel inicial.
Sin embargo, uno de los actores centrales del conflicto está ausente de la mesa: Hezbollah. El grupo no solo rechaza participar en acciones directas con Israel, sino que además ha dejado en claro que no se siente obligado por los eventuales acuerdos que puedan surgir. Esta exclusión plantea un interrogante fundamental sobre la viabilidad de cualquier compromiso que se alcance.
El desafío, sin embargo, es enorme. La discusión sobre el desarme de Hezbollah implica no solo cuestiones de seguridad, sino también el delicado equilibrio interno del Líbano, donde el grupo tiene un peso político y militar determinante.
Al mismo tiempo, Israel difícilmente acepte compromisos sin garantías concretas sobre la neutralización de esa amenaza. Un acuerdo no sólo le daría mayor tranquilidad a la población de Israel, sin las amenazas constantes de Hamas y Hezbollah. También el débil gobierno libanés de Aoun podría sentir que recupera algo del poder que de por sí debe tener un gobierno dentro de los límites de su país.
Pese a la tregua y las reuniones, los combates siguen
A ese cuadro diplomático delicado se suma un dato clave que explica la presión sobre la mesa de negociación: la intensidad de los combates inmediatamente antes de la tregua. Según reveló el Ejército israelí y reportó el diario The Jerusalem Post, en las 24 horas previas a la entrada en vigor del alto el fuego, las fuerzas de Israel lanzaron una ofensiva masiva contra objetivos de Hezbollah en el sur del Líbano.
De acuerdo con ese informe, cerca de 300 objetivos militares fueron atacados con saldo de más de 1.800 milicianos muertos según cifras israelíes. Entre los abatidos figura Ali Reza Abbas, identificado como comandante de una unidad clave de Hezbollah en Bint Jbeil, una de las localidades estratégicas del sur libanés donde se concentraron los combates más intensos. La eliminación de mandos medios y estructuras operativas refleja el intento de Israel de debilitar la capacidad militar del grupo antes de cualquier negociación.
El resumen de esta curiosa tregua es así: Israel y Líbano negocian "en paz". No hay inconvenientes entre ambos países. Pero al mismo tiempo, Israel y Hezbollah continúan sus enfrentamientos. Entre ellos, aunque los choques y bombardeos se dan en ese mismo terreno, no hay ningún acuerdo de paz vigente ni posible.