Sin embargo, financiar a los kurdos es una jugada de alto riesgo. La mayor preocupación de Turquía, aliado de la OTAN, es precisamente el nacionalismo kurdo.
El gobierno de Recep Tayyip Erdoan mantiene una confrontación histórica con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, considerado organización terrorista por Turquía, Estados Unidos y la Unión Europea, que impulsa la creación de un Estado kurdo independiente.
El riesgo para Estados Unidos es que Turquía, ante el temor de que el fortalecimiento kurdo impacte en su propio territorio, adopte una posición más ambigua frente a Irán para frenar cualquier avance separatista.
El fantasma de los muyahidines
La historia reciente advierte sobre los peligros de armar a grupos locales para objetivos coyunturales. Las fuentes suelen citar como antecedente el caso de los muyahidines en Afganistán durante la guerra contra la Unión Soviética, cuando el apoyo estadounidense a facciones islamistas terminó, años después, favoreciendo la expansión de redes extremistas como Al Qaeda, liderada por Osama bin Laden, y el posterior ascenso del régimen talibán. El temor es que los aliados estratégicos de hoy puedan transformarse en los enemigos de mañana.
El escenario actual refleja cómo las disputas históricas entre persas, árabes, turcos e israelíes persisten en el siglo XXI. En la región que fue cuna de las primeras civilizaciones, los factores étnicos, religiosos, políticos y económicos se superponen en una trama compleja.
La diferencia es que, en la actualidad, esas tensiones se proyectan con tecnología moderna y capacidad de destrucción a gran escala, incluyendo drones y misiles, lo que eleva el riesgo de una escalada regional de consecuencias imprevisibles.