Impacto en un momento de "deshielo"
La definición de Mourão es muy inconveniente en momentos en que la Argentina y Brasil intentan recomponer una relación deteriorada. Comenzó cuando el candidato Alberto Fernández fue a visitar a Lula mientras el exmandatario estaba detenido y ya con Bolsonaro en el poder.
Las diferencias se fueron acentuando desde la llegada de Alberto Fernández a la presidencia. Bolsonaro no acudió a la asunción oficial, hecho inédito desde la recuperación democrática en ambos países.
Pero en el último tiempo, desde la embajada argentina en Brasilia, al frente de Daniel Scioli, se comenzaron a tender puentes para limar las diferencias.
El primer síntoma de los avances fue la decisión de Bolsonaro de anunciar un viaje a la Argentina para el 26 de marzo, finalmente frustrado por la pandemia y sus nuevas olas de contagio y muertes. Además, el brasileño apoyó las negociaciones frente al FMI por la deuda.
Incluso, en la reciente cumbre del Mercosur, la tensión se centró con Lacalle Pou, el presidente uruguayo, quien pidió mayor libertad económica para la unión aduanera. En ese escenario, Fernández hasta alabó las palabras de Bolsonaro para contrastarlas con las del mandatario oriental.
¿Vuelta a foja cero?
Las declaraciones del vicepresidente plantean este interrogante. Mourão, igual que Bolsonaro, no tiene un partido propio que lo respalde y, por lo tanto, no deben responder a un sector específico por sus acciones. Además, por su origen militar, es difícil imaginar que el vice haya decidido encabezar una suerte de "insubordinación" con declaraciones como esa. Por el contrario, no hizo más que seguir la línea que marcó Bolsonaro, quien en distintas oportunidades criticó la política económica del gobierno del Frente de Todos (llegó a hablar de socialismo y comunismo) y la prolongada cuarentena que mantuvo en la Argentina durante 2020.
Cuando esas definiciones parecían quedar atrás, Mourão definitivamente pateó el tablero.