Fue una noche muy larga. Hasta hace poco la más impresionante que me había tocado vivir en el Congreso.

Se votaba la resolución 125. El Gobierno de Cristina Kirchner había decretado una medida extraordinaria para aumentar la recaudación: imponer retenciones móviles a la soja. El campo se reveló. El kirchnerismo convirtió esa medida recaudatoria en una batalla épica. El Gobierno empezó un enfrentamiento con los medios que lo cuestionaban. El campo cortaba las rutas. Ministros intentaban negociar. El Ejecutivo ordenaba dar marcha atrás a las negociaciones. El Gobierno parecía encerrado en un conflicto que no tenía salida.

Hasta que Cristina anunció que mandaría al Congreso la resolución y que sería el Parlamento el que decidiría la suerte de esa medida. El oficialismo tenía una cómoda mayoría en las dos Cámaras: había ganado las elecciones de 2005 y las de 2007. No podía haber grandes sobresaltos. En el Senado había sumado hasta 48 votos en algunos debates anteriores.

El debate de la ley arrancó en Diputados, donde la ley pasó sin mayores problemas.

Después empezó el debate en el Senado, donde la cosa se iba a poner más complicada. En ese momento escribía para la revista Parlamentario y su correlato web www.parlamentario.com. Esto escribimos:

“El Senado, por sus características propias, puede presentar serias dificultades. Los diputados representan a los ciudadanos (…) Dado que la mayoría de los argentinos viven en zonas urbanas, la mayoría de los diputados también son urbanos. El Senado representa a las provincias. (…) Como la mayoría de senadores pertenecen a provincias agropecuarias, la votación puede ser absolutamente distinta. El voto de los diputados de La Pampa, proporcionalmente, vale menos en Diputados que en el Senado”.

El 9 de julio, 7 días antes de la votación, publiqué una nota que se titulaba: “Empate técnico, con ventaja del oficialismo". “Pese a los pronósticos iniciales el camino en el Senado no será nada sencillo para el kirchnerismo”. El conteo a un par de días de la votación daba 31 a favor, 29 en contra 12 en duda.

El Gobierno contaba con una mayoría de los 2/3 de la Cámara incluyendo a los aliados. Parecía imposible que no saliera.

Ya de entrada, el Gobierno había perdido a Carlos Reutemann y su (todavía) aliada Roxana Latorre. En ese momento los dos pertenecían al oficialismo.

Lo siguieron el cordobés Roberto Urquía, también oficialista y dueño de la aceitera General Deheza. A eso se empezaron a sumar otras disidencias menores. “Los disidentes son más de los que se piensa, aunque habrá que ver cómo juegan las presiones”, me decía un hombre que conocía (y conoce) todas las internas del bloque peronista en el Senado.

Se llegó a la semana de la votación. El oficialismo había perdido algunos votos propios más. De todos modos, la gran duda pasaba por los aliados.

El Gobierno de Cristina se había presentado bajo forma de Coalición con un ala del radicalismo que se llamó “Radicales K”.  Sí, hace 10 años había radicales -que ahora son parte de Cambiemos- que eran K. De ese grupo, liderado por Julio Cobos, vice y presidente del Senado, no quedó (casi) nadie.

Estos radicales eran la gran llave. De ellos, uno Pablo Verani, exgobernador de Río Negro, había anticipado su voto en contra. También una radical K correntina. Quedaban en duda los radicales K de Santiago del Estero. Una de ellas lo confirmó antes de la sesión: Ada Iturrez de Capelini votaría a favor, por pedido de su gobernador Gerardo Zamora.

El día de la sesión también terminaron de confirmar su voto los dos fueguinos que respondían a la exARI Fabiana Ríos, que tiempo después se alinearía al kirchnerismo. Pero ese día votaron los dos en contra. 

El día de la sesión el poroteo indicaba 35 a 34 y tres indecisos o no confirmados: Horacio Lores (Del Movimiento Popular Neuquino, que respondía a un gobernador aliado del kirchnerismo); Emilio Rached, exvicegobernador de Santiago; y “Ramoncito” Saadi, catamarqueño siempre esquivo. Se especulaba por esas horas que no iría a la sesión. En caso de empate definía Cobos. Aun habiendo publicado que existía esa posibilidad, nadie creía que eso fuera pasar.

10:26 empezó la sesión con una dura discusión sobre los tiempos de exposición. Se anotaron 54 oradores; es decir, casi todos los senadores. El objetivo de Pichetto era votar entre las 10 y las 12. Parecía imposible.

Adentro no permitieron entrar militantes. Ni de un lado, ni del otro. Afuera, en las calles, se escuchaban gritos populares.

Habían pasado siete horas de debate. Se escucharon argumentos de un lado y del otro. Por esas horas, circuló un inquietante rumor para el oficialismo: había un senador que estaba enfermo. Si eso se confirmaba, se estaba por primera vez en un empate.

También había dudas sobre el voto de Menem. Había dicho que votaba en contra. Pero con Menem nunca se sabía si realmente va a ir a votar. Su presencia o no a la hora de cada votación sigue siendo un misterio hasta el día de hoy (tomar nota para el debate por el aborto).

18:45 todavía faltaban 25 senadores para hablar. El tema iba para más largo.

Tipo 9 de la noche apareció en el recinto “Ramoncito” Saadi, senador por Catamarca. Iba a acompañar el proyecto de las retenciones. Se convirtió en el voto 36.

Ya llevábamos más de 12 horas en el Senado. Le tocaba hablar al neuquino Horacio Lores, de una provincia aliada. Su discurso fue errático. Empezó hablando maravillas del Gobierno, todo indicaba que votaría a favor. “De lo que se trata ahora es de otro problema”, dijo casi al final de su discurso. ¿Había un cambio de posición? “Había que buscar una posición de consenso”, siguió. Después empezó a criticar al campo. ¿Votaba a favor?

Pero al terminar su discurso sentenció: “Yo dije que no iba a votar a libro cerrado” y pidió “reabrir” el debate del proyecto. No lo dijo claramente. Pero votaría en contra. Estábamos 36 a 35. Y nadie sabía nada de Emilio Rached.

Estas sesiones son largas. Llega un momento en que uno no sabe qué más hacer. Los discursos se vuelven repetitivos y el tiempo no pasa. Salí a dar una vuelta por los pasillos. Con algunos colegas lo vemos pasar a Rached y le preguntamos si seguía indeciso. Su respuesta fue tajante: “No estoy indeciso. Mi voto lo tengo resuelto hace 4 meses”.

El dato parecía irrelevante, salvo por un detalle: mucho antes de que el tema ingresara en el Senado yo había estado charlando con Rached y me había dicho que estaba en contra de las retenciones y que había que apoyar al campo. Estábamos 36 a 36. 

Era muy tarde en la madrugada. Había caras de sueño. En los pasillos se pudo ver a Julio Cobos con cara de preocupado. Ya todos empezábamos a preguntarnos cómo seguía la cosa. ¿Qué votaría Cobos si había empate?

A las 3 de la mañana Cobos repartió un comunicado a la prensa (Aunque había mail, por las dudas todavía los comunicados se imprimían y se entregaban en mano). ¿Qué decía?

“El Presidente del Senado (o sea Cobos) manifestó que sólo dará a conocer su voto en caso que dicha situación se produzca en el recinto ‘no antes, ni después’”.

Siguieron los rumores. Qué Cobos estaba reunido con Ernesto Sanz, coterráneos pero dividos por la grieta. Que Cobos se reunía con Pichetto.

Durante la tarde yo había logrado entrar al Salón Rosado, la antesala del recinto a la que solo tienen acceso los senadores y sus asesores. Pude verlo a Cobos intentar acercarse, -como un amigo que se asoma a una conversación que nadie invitó- a una negociación privada que estaba teniendo Pichetto con algún aliado. Parecía el Mirón de "Polémica en el bar". Ese era el nivel de relación entre ellos y la influencia de Cobos durante la jornada.

Bien de madrugada, apareció en un pasillo Gerardo Morales para hablar con la prensa. Hizo las declaraciones de rutina y después se le preguntó qué haría Cobos en caso de empate. El que es cobólogo es Sanz, que es mendocino, yo no sé qué haría en ese caso", fue la respuesta.

Sanz sería justamente el anteúltimo discurso de la noche. "Si me está viendo el vicepresidente de la Nación, dado que estamos terminando, me gustaría que pudiera presidir la sesión", increpó Sanz para las cámaras a Cobos.

Claro, el vice no aparecía. Nadie sabía qué haría. Los números de todos indicaban que habría empate y él sería el encargado de desempatar. Sanz seguía con su discurso: un par de párrafos conceptuales sobre las retenciones; un párrafo de interpelación pública hacia Cobos: "Vuelvo a reclamar, con humildad, la presencia del vicepresidente", insistía. "¡Qué bueno sería tenerlo al vicepresidente!"

Cobos no aparecía y no apareció hasta promediar el último discurso. El cierre antes de la votación fue de Pichetto. Apuntó directamente al corazón de la estrategia política de los Kirchner: “Yo fui víctima del modelo de Concertación (alianzas con el radicalismo) que me impidió ser gobernador de mi provincia”, dijo. La referencia era clara: "Estamos perdiendo la votación por los radicales K que ustedes –los Kirchner- apoyaron".

En el momento de la votación había tensión. Aunque los cálculos decían que podía haber un empate, hasta último momento nunca se sabe. Yo estaba en el palco del primer piso justo enfrente de Cobos. Al hombre se lo veía muy nervioso. A la hora de votar había que ver que no hubiera sorpresas.

Hoy en el Senado hay una pantalla led que después de la votación indica cómo vota cada uno; en ese momento no había y la única manera era circular por los palcos para ver si habían tocado el botón rojo (negativo) o el verde (positivo). No hubo sorpresas. 36 a 36.

El reglamento marcaba que si eso pasaba se debía volver a debatir y votar. Pichetto y Sanz, ambos, remarcaron que se iban a mantener en las posturas. Pichetto planteó que no estaba dispuesto a reabrir el debate.

Cobos pidió hablar antes de la segunda votación: “Miren, sé que hay un país que nos está mirando. Son las 4 de la madrugada y hay gente en las calles y en las plazas esperando del Congreso una respuesta. Una respuesta que no tiene por qué ser una victoria o una derrota, sino que le dé solución al conflicto”.

Y siguió. “La ciudadanía no espera que desempate un vicepresidente sino un proyecto de consenso”. Pidió, casi desesperado, un cuarto intermedio para intentar encontrar una solución.

Pichetto contestó: “Jesús le dijo a los discípulos ‘lo que haya que hacer hagámoslo rápido’. (…) Esperamos su voto señor Presidente”.

Vuelven a votar. 36 a 36. Empate

Fue un momento muy tensionante para todos los que estábamos ahí. Era como una novela o una definición por penales de un mundial. Cobos volvía a hablar:

Hay quienes dicen que tengo que acompañar…” Listo, vota a favor. “Mi corazón dice otra cosa”. Listo, vota en contra. “Quiero seguir siendo el vicepresidente”. Vota a favor. “Vuelvo a decir que es uno de los momentos más difíciles de mi vida¿Y entonces…? Soy un hombre de familia con una responsabilidad en este caso”. ¿Vota a favor? “No puedo acompañar”. Listo… Silencio, mucho silencio.

¡Qué la historia me juzgue! Pido perdón si me equivoco.  Voto… Mi voto es no positivo. Mi voto es en contra”. Separa el micrófono, se levanta y se va. Eran las 4 y 21 del jueves, el conflicto del campo había terminado.

Con algunos colegas nos quedamos ahí, sin palabras. Algunos cerrando notas. Otros charlando. Cuando nos estábamos por ir, nos agarró “Mandi” Vidal, el decano del periodismo parlamentario que cubría Congreso para el diario Clarín. “Ustedes fueron testigos de un momento histórico. Valoren ese privilegio”, nos dijo.

Y así fue. Esa noche fuimos testigos de la historia.