La economía no da respiro y el Gobierno parece encerrado en su propio laberinto. El problema no es –necesariamente- el diagnóstico económico de la crisis, sino el diagnóstico político. Macri está convencido de que puede resolver la situación económica él solo. Nada más lejano.

El problema de fondo es que Macri no tomó aún consciencia de los nuevos tiempos políticos y los inversores ya no le creen al Gobierno; sienten que la cosa no está bien y piensan que no hay indicios de que vaya a mejorar.

El optimismo oficial ya no convence. Macri dijo que en el segundo semestre de 2016 la inflación sería del 1% mensual, que en 2017 sería del 17%, que en 2018 sería del 15%... nada de esto pasó. ¿Por qué ahora cumpliría con la meta del 17% para 2019 que le prometió al Fondo?

Por eso, el gran desafío del Gobierno es convencer a esos inversores de que va a cumplir y de que los grandes lineamientos de su programa (acuerdo con el FMI incluido) van a tener una duración en el tiempo mayor a 4 años. A Macri le quedan dos de Gobierno. Y después no se sabe.

Macri -cómo todo gran empresario- está acostumbrado a mandar pero no a ser par. Por eso no funcionó ninguna de sus alianzas políticas anteriores: López Murphy, De Narváez, Solá, Massa... Por eso, Cambiemos no funciona como una alianza de gobierno sino como una coalición parlamentaria liderado por el PRO. Aunque hay funcionarios de todos los partidos adentro, el liderazgo es claro y unívoco.

Ahora Macri, para dar certezas se debe reunir con pares, dar una imagen de que Gobierno y (parte de la) oposición piensan lo mismo sobre el futuro del país. Por supuesto que institucionalmente no son sus pares diputados, senadores ni gobernadores. Pero -investiduras circunstanciales al margen- son pares como dirigentes que lideran espacios políticos que concentran cada uno 1/3 de las preferencias electorales: Cambiemos, el peronismo y el kirchnerismo.

Descartado el kirchnerismo de esos acuerdos, al menos para dar certidumbre se debe mostrar que al menos 2/3 de la representación política dirigencial está de acuerdo con algún rumbo. Por ahora ese encuentro no pareciera ser posible.

Con muchos de esos “pares” Macri se peleó y pareciera no haber retorno: Massa, Pichetto, algunos gobernadores.... Macri es un hombre rencoroso que jamás volvió sobre sus pasos respecto a gente sobre la que se sintió traicionado. Pregúntenle sino a Francisco De Narváez.

Los límites del acuerdo

Desde lo formal (o quizás informal) el Gobierno plantea sumar consensos de los gobernadores para sostener políticamente la reducción del déficit. El viernes a última hora se vieron las primeras muestras de apoyo de los mandatarios, aunque fueron un poco tibias.

Esta semana habrá reuniones entre Frigerio y los gobernadores de Cambiemos. La estrategia tiene que ser común.

Luego vendrán reuniones bilaterales con la liga de los gobernadores. Pueden ser encuentros uno a uno, o de a grupos, dependiendo las necesidades políticas. Quienes comandan la negociación, con Frigerio a la cabeza, están entusiasmados con poder llevarla a buen puerto.

“Ellos necesitan tanto como nosotros que esto salga bien, tienen que seguir gobernando sus provincias y financiarse. Y desde lo político electoral tienen la oportunidad de diferenciarse del kirchnerismo duro”, explican desde el Ministerio del Interior.

De acá a 20 días, si la cosa anda bien, podrían invitar a todos a una gran foto. El tema es que no sabemos quién va a querer sumarse a esa foto, en medio de esta gran incertidumbre cambiaria y económica.

“Ya negociamos 3 años, tenemos la gimnasia. Sabemos que ahora todos declaran duro pero después arreglan”, insisten en Interior. Cuentan con una carta fundamental: extender los plazos de las rebajas de ingresos brutos para que el ajuste a las provincias no sea tan duro. “Igual con o sin acuerdo vamos a cumplir el acuerdo con el Fondo”, sentencian.

Apoyo tibio

Del lado de los gobernadores persiste un apoyo tibio. El martes, tras una reunión entre gobernadores y referentes peronistas el gobernador entrerriano, Gustavo Bordet salió a mostrar preocupación “por las variables macroeconómicas a nivel nacional”. El viernes bajó los decibeles después de una reunión con Macri: “no tengo ninguna duda de que vamos a alcanzar las metas del 1,3%”, declaró.

El salteño y presidenciable Juan Manuel Urtubey dijo en Bariloche que desde las provincias van a “colaborar para reducir el déficit fiscal”. “Es un momento delicado en que tenemos que ser prudentes. La Argentina necesita confianza”. No quiso profundizar más.

El mensaje que baja desde el peronismo es siempre el mismo: los acompañamos hasta la puerta del cementerio pero no vamos a entrar. En términos de Pichetto: “Los que gobiernan son ustedes”.

Existe en parte del peronismo una idea de que la principal base de apoyo que tenía el Gobierno le soltó la mano: los mercados y “sus amigos” ya no le confían. Muchos en el PJ creían que “por lo menos” el macrismo podría “manejar la economía”. Hasta ahora no lo logró.

Un economista peronista que conoce de cerca al macrismo suele repetir: “Cuando tenés déficit gemelos (déficit presupuestario y comercial) se te va por todos lados. Pasó en el 75, en el 81, en el 89 y en 2001. Y siempre terminó mal: hoy tenemos entre 6 y 14% del PBI entre los dos déficit. Y en el Gobierno ya ni fingen optimismo”, relata.

¿Brotes verdes o yuyos secos?

Mientras tanto en el Gobierno se agarran de algunos pocos números positivos respecto a la opinión pública. Quizás brotes verdes de una crisis de la que ya pasó lo peor; quizás yuyos secos de una luna de miel que ya se terminó. Hasta ahora no hubo grandes cambios en las encuestas que ellos manejan:

  • La imagen de Macri se estabilizó, en la oposición nadie sacó ventaja de la crisis.
  • El peor temor de la gente sigue siendo la ingobernabilidad de 2001. Nadie quiere volver a eso. Un Gobierno –aunque sea malo- es mejor que el “desgobierno”.
  • Dólar y empleo siguen siendo las variables “desestabilizadoras”. Controlado eso, el resto no es tan grave. El argentino se acostumbró a convivir con la inflación. La prioridad, a nivel opinión pública, es frenar las corridas y evitar los despidos masivos. Raro lo de Telam en ese sentido.

Mientras el Gobierno mira estos pequeños números como quien ve a una planta deshidratada y con poca agua, la economía cada vez le da más la espalda.

Quizás sea hora para Macri de dejar atrás viejos rencores y animarse a cumplir una de sus primeras promesas de campaña: unir a los argentinos. Aun cuando eso pueda hacerle perder la próxima elección presidencial.