Qué ventaja generaba esta maniobra
El beneficio no era menor. Se estima que la diferencia podía oscilar entre 50 y 100 kW adicionales, lo que equivale aproximadamente a entre 68 y 136 caballos de fuerza extra respecto a quienes cumplían la reducción reglamentaria.
Aunque en términos de tiempo la ganancia podía ser de apenas centésimas, en la Fórmula 1 ese margen resulta determinante. Una mínima diferencia puede definir varias posiciones en la parrilla, especialmente en circuitos donde la clasificación es clave.
Además, la maniobra no implicaba un costo competitivo inmediato, ya que la falta de potencia tras el apagado del sistema ocurría en la vuelta de desaceleración, donde la velocidad no tiene impacto en el resultado.
Por qué la FIA decidió intervenir
Lo que comenzó como una ventaja técnica derivó en problemas concretos en pista. Durante los entrenamientos en Japón, Kimi Antonelli y Max Verstappen se vieron obligados a circular a muy baja velocidad en sectores del circuito de Suzuka por la pérdida de potencia. En paralelo, Alex Albon debió abandonar una sesión por inconvenientes similares.
Ferrari fue uno de los equipos que detectó la maniobra y planteó sus objeciones ante la FIA, no solo por la ventaja competitiva, sino también por los riesgos de seguridad. Perder potencia de forma repentina en plena vuelta rápida puede generar situaciones peligrosas con otros autos a alta velocidad.
Tras analizar el caso, el organismo tomó una decisión clara: el apagado del MGU-K solo podrá utilizarse en situaciones de emergencia reales, tal como indica el espíritu original del reglamento. Además, se mantendrá el período de bloqueo de 60 segundos y se controlarán los datos para verificar su correcto uso.
La medida busca equilibrar la competencia y evitar riesgos innecesarios. En una categoría donde cada detalle cuenta, la FIA volvió a marcar el límite entre la innovación y la ventaja indebida.