Deuda externa

A 20 años de la crisis del 2001: Cómo era el vínculo con el FMI

Desde su creación, el organismo internacional tuvo estrechos vínculos con Argentina que se intensificaron durante los gobiernos de facto y en la década del 90. Cuál fue su rol en los hechos que desembocaron en el mayor default en la historia hasta ese momento.
FMI: el directorio define en Washington si avanza el acuerdo con la Argentina (Foto: Telam).

FMI: el directorio define en Washington si avanza el acuerdo con la Argentina (Foto: Telam).

Resulta sorprendente que uno de los principales debates de la economía nacional en diciembre de 2021 sea la negociación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Debería ser una señal de alarma muy grande que esto ocurra, justamente, a 20 años de la crisis del 2001, la más dura que atravesó la Argentina y que llevó al país a declarar el mayor default en la historia en ese momento. Pero esa alarma no debería encenderse por una posibilidad de repetición, sino porque muestra sin filtros que el país no aprendió nada de sus errores pasados.

La relación entre el FMI y Argentina se volvió cíclica y crónica, prácticamente desde el comienzo, poco después de la Segunda Guerra Mundial. Aunque el gobierno de Perón rechazó integrarse a los recién creados FMI y Banco Mundial, los militares que tomaron el poder a mediados de la década del ´50 avalaron la entrada de Argentina en los dos organismos internacionales.

En los 3 años que estuvieron en el gobierno, la deuda del país aumentó de US$ 57 millones a más de US$ 1.000 millones. Y las cosas no iban a cambiar en los años '60 y '70. El FMI prestó dinero a los gobiernos de facto, pero también comenzó a tomar mayor protagonismo en las decisiones sobre la economía argentina. En apenas 2 décadas, el país pasó a deber 40 veces más.

Finalmente, cuando volvió la democracia, en 1983, la deuda superaba los US$ 44.000 millones.

Del “uno a uno” a la intangibilidad

La carga del pago a los acreedores externos fue uno de los principales motivos que llevaron al colapso de 1989 y que significó la salida anticipada del gobierno de Raúl Alfonsín. Su sucesor, Carlos Menem, llevó al país hacia otro período de endeudamiento durante la década de 1990.

Para frenar la "hiperinflación", decidió fijar la paridad de la moneda local, el peso, al dólar estadounidense. La medida, impuesta por el entonces ministro de economía Domingo Cavallo, se conoció como "Plan de Convertibilidad". Si bien logró frenar la suba de precios, la demanda por los dólares se hizo insostenible, lo que profundizó aún más los problemas de fondo. Como consecuencia, la deuda externa se triplicó y superó los US$ 150.000 millones.

A Menem lo sucedió Fernando de la Rúa y su gobierno duró solamente dos años antes de que la economía volviera a colapsar en medio de inolvidables protestas y reclamos sociales, en diciembre de 2001.

En una entrevista realizada en la cadena BBC de Inglaterra, el propio De la Rúa aseguró que “la gota que derramó el vaso había sido la decisión del FMI de suspender un préstamo acordado con Argentina”. Ante esa afirmación, desde el organismo internacional apenas explicaron que el país debía poner sus finanzas en orden para seguir recibiendo ayuda.

De esa manera, en 2001, Argentina declaró lo que fue en ese momento el default soberano más grande del mundo por casi US$ 145.000 millones. La deuda, en cesación de pagos, pasó a representar más del 160% del Producto Interno Bruto (PIB).

FMI: el cambio de postura con Argentina

Los años previos a la crisis del 2001 marcaron un fuerte cambio en la posición del FMI respecto de la Argentina. De presentar al país como su “mejor alumno” ante la comunidad internacional, el Fondo fue moderando su apoyo hasta asumir una postura intransigente cuando más se necesitaba su asistencia.

Mostrar a la Argentina como ejemplo fue un beneficio mutuo. Al país le daba cierta aprobación a sus políticas económicas y, al FMI, le servía para desestimar las críticas por su manejo en las crisis del Sudeste Asiático y Rusia, presentando un “caso de éxito” que le ayudara a recuperar su perfil como garante de la estabilidad financiera internacional. De esa manera, establecía la idea de que las crisis se debían a errores en la gestión de los países, algo que poco después también diría sobre la Argentina.

Sin embargo, su efectividad quedó muy golpeada con los sucesos de 2001 ya que los terribles acontecimientos del país ocurrieron mientras su política económica era “supervisada” por el Fondo. Y no sólo en ese momento, ya que el organismo “colaboraba” sin interrupción con Argentina desde 1991, año en que el plan de convertibilidad estipuló que “un peso era lo mismo que un dólar”.

Durante los 10 años anteriores a la crisis de 2001, Argentina firmó cuatro acuerdos sucesivos de financiamiento y hubo un aumento constante del saldo del crédito pendiente con el FMI. Al mismo tiempo, en esos años el FMI proporcionó una amplia asistencia técnica, enviando unas 50 misiones entre 1991 y 2002, principalmente en temas fiscales, monetarios y bancarios.

Un final abrupto y sin enseñanzas

Si bien la responsabilidad de la política económica de un país corresponde a sus autoridades, desde la crisis de 2001, varios analistas cuestionan la eficacia del asesoramiento proporcionado por el FMI.

Algunos señalan que el error del organismo fue otorgar mucho financiamiento sin requerir un mayor esfuerzo para implementar políticas de ajuste necesarias. Otros, que las políticas recomendadas por la institución contribuyeron directamente a la crisis. Una tercera posición asegura que la relación se volvió perjudicial cuando el gobierno argentino se negó a implementar ciertas medidas que exigía el FMI.

En cualquier caso, la situación que atravesó el país durante la crisis del 2001, también tuvo implicancias negativas en la reputación del Fondo Monetario Internacional que, 16 años después, volvió a prestarle sumas extraordinarias a la Argentina en una situación financiera por lo menos complicada.

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