Los posteos de alumno que disparó con una escopeta: videos de otras masacres escolares, obsesión con la muerte y el apoyo en redes
Las señales en redes de un usuario adjudicado al adolescente de 15 años y los comentarios de respaldo y críticas del resto de la comunidad.
La imagen quedó grabada en la memoria colectiva: abril de 1999, dos adolescentes armados recorren los pasillos de una escuela en Colorado y ejecutan uno de los ataques más brutales en la historia educativa de Estados Unidos. Uno de ellos, Eric Harris, llevaba una remera con una inscripción que aún hoy provoca escalofríos: “Natural Selection”.
A casi tres décadas de aquella masacre, ese símbolo reaparece —ya no en un aula estadounidense, sino en el entramado invisible de las redes sociales— vinculado a un caso reciente que conmociona a la Argentina: el ataque armado en una escuela de San Cristóbal, en la provincia de Santa Fe.
Lo que une ambos episodios no es solo la violencia, sino la persistencia de un imaginario que se replica, muta y encuentra nuevos canales de expresión en internet.
El rastro digital del agresor
Tras el ataque en la escuela Mariano Moreno, donde fue asesinado el joven Ian Cabrera, de apenas 13 años, las primeras horas de la investigación revelaron un dato inquietante: el presunto autor, identificado como C.G., mantenía una intensa actividad en redes sociales bajo un alias.
En esos perfiles, el adolescente no solo consumía contenido vinculado a tiroteos escolares, sino que también lo difundía activamente. Entre los materiales compartidos aparecían referencias a autores de masacres que dejaron huella en distintas partes del mundo.
Entre ellos, el nombre de Kosta Kecmanovi, responsable del ataque en una escuela de Belgrado en 2023; Seung-Hui Cho, autor de la masacre en la Universidad de Virginia Tech; y Elliot Rodger, protagonista de un crimen múltiple en California que combinó misoginia, aislamiento y violencia extrema.
El patrón no pasó desapercibido para los investigadores: todos ellos eran figuras que, en determinados rincones de internet, son reinterpretadas como símbolos o incluso como “referentes”.
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Una comunidad que inquieta
Luego del ataque, las publicaciones atribuidas a C.G. comenzaron a recibir una catarata de comentarios. Lejos de la condena social esperable, lo que emergió fue un fenómeno perturbador: mensajes de admiración, identificación y hasta celebración.
“Héroe”, “ídolo”, “necesitamos más como vos”, “pronta libertad”, escribieron distintos usuarios. Otros fueron más allá, construyendo un relato casi épico alrededor del hecho.
En varias publicaciones, el adolescente compartía imágenes del escritor japonés Yukio Mishima, acompañadas por frases cargadas de fatalismo. Entre ellas: “Vivimos en una época en la que no existe la muerte heroica”.
El tono de esos mensajes revela un trasfondo ideológico y emocional preocupante, donde la violencia se entrelaza con conceptos de trascendencia, dolor y reconocimiento.
Autolesiones y señales ignoradas
Otro elemento clave que surgió en la reconstrucción del caso es el estado psicológico del agresor. Según su defensa, el joven se encontraba bajo tratamiento por conductas autolesivas.
Esto se reflejaba también en el contenido que consumía y compartía. En uno de los fragmentos difundidos, un personaje cinematográfico se quema la piel con un cigarrillo, en una escena que remite directamente al sufrimiento físico como forma de expresión emocional.
Para los especialistas, este tipo de conductas no puede analizarse de forma aislada. La combinación de aislamiento, consumo de contenido violento y autolesiones suele configurar un cuadro de vulnerabilidad extrema.
Entre la burla y la validación
No todas las reacciones en redes fueron de apoyo. En una plataforma donde circulan videos explícitos de muertes violentas, el mismo usuario habría utilizado otro alias, acompañado por la imagen de La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, la célebre obra de Rembrandt.
Allí, la respuesta de la comunidad fue diferente: predominó la ironía y el desprecio. Algunos comentarios minimizaron el ataque, calificándolo como “de baja categoría” en comparación con otras masacres.
Esta dualidad —entre la glorificación y la burla— evidencia la complejidad de estos entornos digitales, donde la violencia puede ser tanto celebrada como trivializada.
El perfil detrás del ataque
En paralelo al análisis digital, los investigadores avanzaron en la reconstrucción del entorno personal del agresor. Las primeras conclusiones trazan el retrato de un adolescente sin antecedentes disciplinarios en la escuela, descrito por quienes lo conocían como “tranquilo” y “reservado”.
Sin embargo, el contexto familiar aparece como un factor determinante.
Su padre, camionero, enfrenta problemas de consumo de sustancias. Su madre, docente de nivel inicial, se encuentra bajo licencia psiquiátrica. Desde hace dos años, el joven residía en la provincia de Entre Ríos.
El arma utilizada en el ataque pertenecería a su abuelo materno, quien administraba una forrajería. En tanto, su hermana mayor cursa estudios universitarios en Santa Fe.
Las fuentes coinciden en señalar una constante: la ausencia de una figura paterna estable y una dinámica familiar atravesada por tensiones.
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Un hecho sin explicación aparente
Uno de los puntos que más desconcierta a los investigadores es la falta de un detonante claro. No existen registros de conflictos directos entre el agresor y la víctima.
“No hay antecedentes de bullying”, indicaron fuentes cercanas al caso. Además, remarcaron que el atacante disparó sin seleccionar objetivos específicos.
La violencia, en este caso, parece haber sido indiscriminada, lo que refuerza la hipótesis de un acto impulsivo o profundamente desconectado de una lógica interpersonal concreta.
El peligro de la repetición
El caso de San Cristóbal vuelve a poner en debate un fenómeno global: el efecto contagio de las masacres escolares.
Desde Columbine hasta la actualidad, distintos estudios han advertido que la difusión masiva de estos hechos puede generar imitadores, especialmente entre jóvenes en situación de vulnerabilidad.
Las redes sociales amplifican este riesgo, al permitir la creación de comunidades donde estos actos son reinterpretados, estetizados o directamente celebrados.
Una alerta que trasciende fronteras
Lo ocurrido no es un hecho aislado ni exclusivamente local. Es parte de un problema más amplio, donde confluyen factores psicológicos, sociales y tecnológicos.
La facilidad de acceso a contenido violento, la falta de contención emocional y la búsqueda de identidad en espacios digitales configuran un escenario complejo.
El desafío, coinciden los especialistas, es detectar las señales a tiempo. Pero también comprender que detrás de cada caso hay una historia, un contexto y una serie de fallas acumuladas.