Llama la atención el viraje liberal de Cristina. La Constitución alberdiana fue la que repuso la Revolución Libertadora ni bien derrocó a Juan Domingo Perón en 1955. Suena más, por un lado, a no quedar afuera de la ola liberaloide que llegó a la Argentina; y, por el otro, a rechazar una vez más el Consejo de la Magistratura, impuesto por la reforma del ’94 (vale insistir: con ella y su esposo como convencionales por el partido gobernante de entonces).
CFK recordó que, promediando el menemismo, el bloque de senadores justicialistas la expulsó por oponerse, precisamente, a esa decisión constitucional. La composición de la Justicia es una obsesión de la vicepresidenta. Cuesta evadir la sospecha de que la subjetividad le juega en contra, con tantas causas en proceso.
Por otra parte, puede que los orígenes maoístas de su compañero y amigo personal Carlos Zannini hayan tenido alguna influencia en el pensamiento de la ex mandataria. Aun siendo así, el dato carecería de importancia práctica. Argentina queda en Sudamérica, tiene una cultura diversa en plena ebullición a tono con el Siglo XXI y, por más que el personalismo y el verticalismo estén en el ADN del modelo de conducción política K, no hay espacio a la vista para que se imponga partido único alguno.
Dicha peculiaridad puede valer, a lo sumo, para el apuntalamiento de las cuotas de admiración y temor que demandan los liderazgos clásicos. Cristina lúcida, vehemente y mandando con el aditamento de Néstor K como santo patrono, contiene más de lo que agranda. Dicen que lo único que no debe perder un político es la base de su masa crítica de poder. Es de manual.