Gines es el blanco de todas las recriminaciones del entorno del Presidente. “El ministro piensa en voz alta”, ironizó un funcionario de Alberto. “Se corta solo en todo, tiene juego propio y se cree que es un peso pesado”, señalaron cerca del Presidente de la Nación. El equipo de comunicación de la Casa Rosada sufre con cada aparición del ministro.
González García es proclive a los sincericidios: dos días antes había dicho que “hay muchos más infectados de los que se dicen oficialmente”. Asomó el fantasma del ocultamiento de datos. El Gobierno salió a aclarar que el ministro había querido decir que el aumento de testeos por la descentralización del Instituto Malbran dará más contagios. Algo obvio.
En medio de la batalla, el Presidente también se siente inseguro por las consecuencias que puede tener la pandemia en el país. En estos días, redobló sus conversaciones con la vicepresidenta Cristina Kirchner y puso a su lado en todas las reuniones al diputado Máximo Kirchner. Pese a que tenía un fuerte consenso popular, el “Capitan Beto”, como le llama su entorno, buscó respaldo en el kirchnerismo. Le teme al microbio del coronavirus, pero también a los efectos sociales de la cuarentena. Por eso refuerza medidas de alivio social todos los días.
Los 1450 despidos de Techint le cayeron como una bomba. Temió una ola de despidos que descontrole la situación social. Techint, así como Arcos Dorados y muchas empresas grandes pudieron pagar los sueldos de marzo, pero no saben si podrán pagar los de abril. Y la situación de las Pymes es mucho más comprometida. Y es por eso que Alberto decidió el domingo último mostrar una imagen de fortaleza, que no le sobra en este momento de incertidumbre, e ir a fondo contra Techint durante el anuncio de la prorroga de la cuarentena hasta el 13 de abril. Fue cuando llamó “miserables” a algunos empresarios y los desafió a que “ahora deben ganar un poco menos”. Pero la poca claridad para comunicar, en un discurso que no leyó sino que improvisó, hizo entender a todos los empresarios medios que les pedía también el esfuerzo a ellos.
“Alberto les habló a los Techint, a los bancos, a las empresas de servicios que ganaron mucha plata. No a las Pymes”, aclararon en la Casa Rosada.
Pero el malentendido fue aprovechado por parte de la clase media para instalar que “los que tienen que ganar menos son todos los políticos”. Por eso, se desató la campaña de cacerolazos todos los días a las 21.30 en reclamo de la baja de sueldos de los políticos.
La oposición buscó anticiparse a los cacerolazos. El interbloque de Juntos por el Cambio acordó pedirle por carta al Presidente un recorte del 30% de los salarios para todos los poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Y también los gobernadores y municipios. El PRO impuso el 30%, la UCR pedía un 20 y la Coalición Cívica no estaba de acuerdo. Ahora, quedó fracturada la coalición aunque no rota. Los diputados de la CC se fueron de los grupos de Whatsapp de sus colegas por lanzar la medida inconsulta.
“Vamos a volver, pero nos tomamos un tiempo. Ellos tienen otros ingresos para vivir. Nosotros vivimos de nuestro sueldo”, dijo alguien de la CC.
Para no quedar atrás, el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, también anunció recortes, pero del 40%. Ahora, muchos en el peronismo están que trinan con Massa, aunque varios senadores siguieron sus pasos y también reclaman el recorte de sus propias dietas. La frase de Alberto Fernández el domingo desató una crisis salarial.
En plena pelea con los empresarios, y para atemperar una posible crisis social por la cuarentena, el Presidente fue a inaugurar la Clínica Antártida de Hugo Moyano junto al Jefe de los Camineros. Fue allí cuando lo calificó de “dirigente ejemplar”. De ese modo, el Presidente quedó preso de una nueva grieta entre el kirchnerismo puro y el resto de la sociedad.
Muchos empresarios comenzaron a desconfiar. Y los sectores medios que simpatizaban con la conducción de la crisis vieron a Alberto Fernández metido nuevamente en la dialéctica maniquea de polarización, la división entre nosotros y ellos, buenos y malos, amigo-enemigo, fuera de la lógica de la unidad nacional que había pedido para la crisis.
El Presidente politizó la guerra contra la pandemia y eso le puede jugar en contra si no vuelve sobre sus pasos. “La alianza con Moyano es anterior a la pandemia. Alberto había nombrados funcionarios del camionero”, dijo una fuente oficialista. “Tiene miedo de una crisis social y Moyano le garantiza que no haya desbordes en su sector. Por el control de la calle, camioneros es clave para que no haya desbordes sociales”, agregó.
El problema es que la alianza también implica una importante erogación de dinero que el Estado le aportará a la Clínica Antártida para acondicionarla para la emergencia del coronavirus. Pero es dinero que debería poner el sindicato de Camioneros. Esas reformas quedarán para después de la pandemia y Moyano habrá salido ganando.
Algunos hombres del Gobierno, disconformes con la nueva alianza con Moyano, señalan que son el tipo de alianzas que hacía Néstor Kirchner, un líder que dejó una profunda huella en el actual Presidente. Alberto era su jefe de Gabinete. Y en su pragmatismo, Cristina y Máximo Kirchner ahora parecen olvidar las peleas que tuvieron con Moyano. De hecho, Alberto y Moyano reinauguraron la clínica de la mano del gobernador Axel Kicillof.
Al margen de la pelea entre Alberto con Gines González García, sus broncas con los empresarios, su respaldo en Cristina Kirchner y su alianza fortalecida con Moyano, el Presidente afronta otros desafíos de mediano plazo para la salida de la crisis. ¿Cómo financiar la enorme crisis económica que se avecina? ¿Quién pagará la cuarentena? Por un lado, esa pregunta es parte de su pelea con los empresarios y los bancos. El gobierno anunció que pagará parte de los sueldos, reforzará los Repros y recortará las contribuciones patronales. Puede haber más medidas.
Por otra parte, ante la imposibilidad de emitir deuda y la caída de la recaudación, se avecina una brutal emisión monetaria. Por ahora se descartan las cuasimonedas provinciales. Pero en este tema también el equipo económico que lidera Kulfas también tiene diferencias con el presidente del Banco Central, Pesce. Kulfas sostiene que no queda otra alternativa que una fuerte emisión. Es preferible antes que la destrucción del aparato productivo y millones de despidos. Pesce quiere cuidar la moneda para que no se dispare la inflación. También en esa discusión, la última palabra será del Presidente.