Hígado graso: cuáles son los síntomas, las causas y cómo revertirlo a tiempo
La esteatosis hepática, o hígado graso, es una de las enfermedades hepáticas más frecuentes y muchas veces no presenta síntomas en sus primeras etapas.
La esteatosis hepática, o hígado graso, es una de las enfermedades hepáticas más frecuentes y muchas veces no presenta síntomas en sus primeras etapas.
El hígado es el motor metabólico del organismo. Se encarga de procesar nutrientes, almacenar energía en forma de glucógeno, producir proteínas esenciales para la coagulación y desintoxicar el cuerpo de sustancias nocivas. Además, produce la bilis necesaria para la digestión y funciona también como un depósito de hierro.
El problema comienza cuando la grasa se acumula en los hepatocitos (las células del hígado).
El Dr. Alberto Sanagustín, a través de su canal de YouTube, explica este fenómeno con una analogía muy clara: "Si nos imaginamos a los hepatocitos como si fueran un huevo frito, pues sería como si la grasa se acumulara en el citoplasma, que sería la clara del huevo".
Cuando esa grasa supera el 5% del peso total del órgano (o del contenido de los hepatocitos), se considera esteatosis hepática, conocida comúnmente como hígado graso, y la función hepática empieza a alterarse.
Hígado graso: una enfermedad silenciosa
Debido a que inicialmente es asintomático, la mayoría de las personas se entera de que tiene hígado graso por un análisis de rutina. El primer indicio suele ser el aumento de las transaminasas (GOT, GPT, AST o ALT), enzimas que se liberan a la sangre cuando las células del hígado sufren o se rompen.
Para confirmar el diagnóstico, los médicos suelen recurrir a una ecografía abdominal o a una elastografía (conocida como FibroScan), que permite evaluar el grado de rigidez y grasa del tejido. En casos más complejos, puede requerirse una biopsia hepática para determinar la causa exacta.
Hígado graso: cuáles son los factores de riesgo
higadograso
Existen dos grandes grupos: el hígado graso alcohólico y el hígado graso no alcohólico. Mientras el primero se vincula al consumo de alcohol (dos bebidas diarias en hombres, una en mujeres), el segundo está estrechamente ligado al síndrome metabólico.
Los principales factores de riesgo incluyen:
Obesidad y sobrepeso, especialmente la grasa acumulada en el abdomen.
Diabetes tipo 2 o resistencia a la insulina, donde el azúcar no entra a las células y el exceso termina procesado como grasa en el hígado.
Factores genéticos y étnicos: los hispanos y asiáticos tienen una mayor predisposición genética a padecer esta condición.
Uso de fármacos: medicamentos como corticoides, tamoxifeno o diltiazem pueden favorecer su aparición.
Otras condiciones: la apnea del sueño y la posmenopausia también se han relacionado con un mayor riesgo.
Si no se trata, el hígado graso atraviesa fases peligrosas. Primero llega la esteatohepatitis (inflamación). Luego, el cuerpo intenta reparar ese daño creando tejidos cicatriciales, lo que se conoce como fibrosis.
La etapa final es la cirrosis, donde el tejido sano es sustituido por cicatrices, lo que puede derivar en insuficiencia hepática, cáncer de hígado (hepatocarcinoma) y la necesidad de un trasplante.
En etapas avanzadas, pueden aparecer síntomas graves como ictericia (piel amarillenta), orinas oscuras (“coluria”), heces claras (“acolia”) o acumulación de líquido en el abdomen (ascitis).
El tratamiento más importante es la dieta y el ejercicio.
Eliminación radical del alcohol y el tabaco: incluso si la causa no es el alcohol, cualquier dosis hace sufrir más a un hígado ya dañado.
Actividad física regular: es vital para mejorar la salud cardiovascular y procesar el exceso de energía.
Descenso de peso progresivo: el Dr. Sanagustín advierte que las pérdidas de peso “muy bruscas” pueden ser nocivas tanto para el hígado como para la vesícula.
La trampa de los jugos: un punto clave es evitar los jugos de fruta, incluso los naturales. Al no comer la fruta entera, la fructosa llega rápidamente al hígado y fomenta la acumulación de grasa.
Dieta mediterránea: se recomienda priorizar verduras de hoja verde, carnes blancas (ave), pescado azul (rico en grasas buenas), frutos secos, legumbres y aceite de oliva.