“Adentro de casa no nos deja, mucho quilombo no se puede hacer”, explicó entre risas, dejando en claro que Antonela es quien pone los límites cuando el juego se desborda. El detalle, aparentemente menor, dejó al descubierto una dinámica familiar muy reconocible: incluso el mejor futbolista del mundo tiene reglas que respetar cuando se trata de la convivencia diaria.
Más allá del tono distendido, el comentario reflejó cómo Messi diferencia el espacio de juego y entrenamiento del ámbito doméstico, donde prima el orden y la tranquilidad. Un contraste marcado con la imagen del ídolo eterno asociado a la pelota, pero que humaniza su figura.
En el plano emocional, Messi también habló de cómo se apoya en su círculo más cercano. Contó que en el día a día se abre mucho con Antonela, mientras que en lo deportivo mantiene un vínculo de diálogo constante con su padre. “Él estuvo siempre al lado mío, comparto mucho con mi viejo, pero en la vida con ella”, resumió, marcando esa división entre lo profesional y lo personal.
Además, se animó a definirse como poco demostrativo, aunque con un costado romántico que aparece en los detalles. “Me gustan los regalitos, los gestos. Me cuesta demostrar y expresarlo, pero con las personas que quiero de verdad me gusta que estén bien”, explicó.
Por último, Messi se refirió a un aspecto menos visible de su presente: su interés por el mundo empresarial, un terreno que imagina con más protagonismo cuando llegue el retiro. Contó que intenta aprender, rodearse de gente preparada y mantener su círculo de confianza, el mismo que lo acompaña desde chico.
Lejos del ruido del estadio, Messi mostró una versión íntima y cotidiana, atravesada por rutinas, límites familiares y aprendizajes personales. Una faceta que confirma que, aun siendo una leyenda, su vida fuera de la cancha se parece mucho más a la de cualquiera de lo que muchos imaginan.