El jugador de San José fue atendido de inmediato y se activó el protocolo de conmoción cerebral. Según informaron medios locales, el cuerpo médico le realizó pruebas de rutina para descartar lesiones de mayor gravedad: tuvo que repetir palabras, recitar los meses del año y ordenar números, pasos habituales para evaluar su estado neurológico y evitar una hospitalización preventiva.
Por qué la NHL permite las peleas dentro del partido
La Regla 56 es una de las particularidades más controvertidas del hockey sobre hielo profesional. El reglamento permite las riñas bajo condiciones estrictas: los jugadores deben soltar el stick, quitarse los guantes y solo pueden golpear con una mano mientras utilizan la otra para sujetar la camiseta del rival. El enfrentamiento se detiene cuando uno de los dos pierde el equilibrio y cae al suelo, momento en el que los árbitros están habilitados a intervenir.
Está terminantemente prohibido que terceros se sumen a la pelea o que se utilicen elementos contundentes como cascos o palos. Aun así, los involucrados reciben una sanción de cinco minutos en el banco de penalizaciones, un castigo que muchos consideran leve frente al riesgo físico que implican estos duelos.
Tras el partido, Olivier relativizó lo sucedido y naturalizó la situación. “Fue una pelea abierta y cualquiera pudo haber vencido. Cuando sentí que caía, intenté sostenerlo. Creo que todos hacemos lo mismo”, expresó, en una declaración que refleja una cultura profundamente arraigada en la NHL.
El antecedente entre ambos no es nuevo. A comienzos de 2025, Reaves y Olivier ya se habían enfrentado en una pelea similar durante un partido entre Toronto Maple Leafs y Columbus, lo que añadió un componente de rivalidad personal al episodio reciente.
En lo deportivo, el escándalo no opacó el resultado final: San José Sharks se impuso 5-2 con goles de Zack Ostapchuk, Mario Ferraro y Macklin Celebrini. Sin embargo, el marcador quedó en segundo plano frente a un nocaut que recorrió las redes sociales y volvió a poner a la NHL bajo la lupa, con una pregunta inevitable: ¿hasta cuándo el espectáculo seguirá justificando la violencia?