Sergio Berensztein habló en La Nación de coaliciones amplias y diversas de centroizquierda y centroderecha que, como pasó en Chile en las últimas tres décadas, le pueden dar estabilidad, previsibilidad y relativa certidumbre al sistema político. Una tesis pensada por Torcuato Di Tella.
En cambio, Beatriz Sarlo escribió en Perfil acerca de la devaluación de la palabra coalición. Dijo que como no hay partidos no hay coaliciones y que, en cambio, lo que hay es un entendimiento de dirigentes alrededor de un mantra que les asegura un avance en su carrera.
Las preguntas que surgen, entonces, son varias. Pero hay una de interés general. ¿Estamos frente a coaliciones o frente a rejuntes para ganar una elección que prometen traer conflictos? ¿Es lo mismo una coalición electoral que una de gobierno? ¿Alcanza esto para no repetir errores y reproducir fracasos, o aún es un área de vacancia política como dijo Agustín Salvia en una entrevista en A24.com?
Es difícil responder todo. Pero algunas pistas nos arroja el escenario actual. La identidad del votante es volátil. Los partidos políticos tradicionales dejaron de aglutinar personas en torno de una visión del mundo. La competencia política gira en torno del carisma, real o inventado, de emociones y de marketing con los propios límites que le impone de hecho a esa contienda el paradigma socioeconómico que domina el mundo.
En esas condiciones, la puja por el poder aglutinó a conglomerados de personas que comparten o reconocen la existencia de aquel paradigma que no se puede trascender.
Ni Mauricio Macri ni Alberto Fernández hablan de repudiar la deuda externa o de imponer gravámenes a la renta financiera que sustituyan el impuesto a las ganancias que pagan los asalariados. El debate electoral, así, se ve acotado a una discusión de matices y a reivindicar como propias algunas banderas: el crecimiento económico, la transparencia, el combate a la pobreza, la inflación, la recesión, etc.
Pero cuando la competencia termine y haya un ganador, el desafío siguiente va a ser conformar un gobierno con mucha sustentabilidad política en la sociedad y muy cohesionado en términos dirigenciales.
Aquí reside la importancia de una distinción que no es analítica sino política: las coaliciones tienen la fuerza para enfrentar situaciones difíciles y procesarlas, los acuerdos basados en una lógica electoral son endebles y tienden fracturarse con las malas noticias.