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Milo, la oveja negra del arte

El artista argentino Milo Lockett despliega su visión del arte en esta entrevista y dice que tiene ganas de dejar de pintar.
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El artista chaqueño Milo Lockett, uno de los autores más vendidos del país, dispara contra el mundo del arte, asegurando que se “cansó de jugar solo” y anticipando su próxima decisión: “Retirarme por unos años y dedicarme al trabajo social”.

Entre saludos y sonrisas a los visitantes de su galería porteña del barrio de Palermo, Milo, antes que nada destila cierto resquemor contra el arte y lo caracteriza como un “gueto: es un fragmento de la sociedad, y cuando hay pocos que lo consumen no está bueno”, dijo.

Contundente y crítico, el artista explica que “el arte tiene que ser incluidor, albergar y llegar a más personas”. En ese sentido, lamenta que sea tan “elitista y cerrado”, porque “es algo tan lindo, que cambia vidas y acerca a la sensibilidad”.

El pintor destaca lo esencial del contacto: “Estar cerca de la gente cambia la realidad. Viajé mucho por Argentina, lo cual me dio la posibilidad de conocer a las personas, y eso se refleja en la carrera. Quieren algo que conocen. La mayoría de los artistas no saben ni cuál es su público”, dispara.

Con un amplio público, que atraviesa esferas sociales, regionales y culturales, incluidos los chicos, el artista atribuye su éxito al hecho de “haber generado mucho en distintos lugares. Probablemente eso me hizo salir del fragmento”. “Además, no sólo se enamoran de la obra sino también de la vida, de cómo pensás y reflexionás. Sin público no hay carrera para un artista”, enfatiza.

“Uno puede tener muchos premios, como yo, pero no sirven –sentencia–. El mejor premio es que te quiera la gente y que le guste tu trabajo, no formar parte del mercado del arte”.

Consciente de sentirse la “oveja negra del arte”, Milo no duda en que está “en la vereda de enfrente. Por eso tengo mi propio espacio donde puedo ser libre. No sólo es independencia económica sino también de pensamiento”, argumenta este artista que a los 14 años dejó sus estudios escolares para dedicarse a trabajar “de lo que sea: vendedor de ajo, ambulante, basurero”.

El disparador que lo insertó laboralmente en el mundo artístico fue el quiebre de su fábrica textil en 2000. “De golpe decidí pintar y no sabía que iba a vender obras. Y acá estoy”.

Acaso un poco cansado del arte e intranquilo con el mundo social, Lockett asegura que hoy su interés está puesto en “la conducta de la sociedad. Me preocupa mucho lo que pasa afuera, la gente sin oportunidades. Fui un chico con muchas posibilidades y siento que así como yo deben tenerlas otros”.

Por eso resalta la obra de líderes sociales como Margarita Barrientos o Juan Carr con quienes además trabaja, “dono obras todos los meses y hago algunas otras acciones. Por ejemplo, hice una campaña para que los huarpes tuvieran agua”.

Aprovecha la oportunidad y descarga contra las ONG, “pelean para demostrar que son buenas. Me da mucha gracia porque hay muchas fundaciones intentando parecer. Tendríamos que ser una sociedad más integrada, donde esa clase de conflictos desaparezcan”.

Estimulado con la búsqueda por revertir grietas sociales, el artista considera que “nuestra conducta fue cambiando en los últimos 20 años. Hubo un quiebre moral durante el gobierno de Menem que se acentuó con De la Rúa y la gente perdió la esperanza. Nos volvimos muy individualistas”.

“Además, hay mucha violencia, eso es muy triste. Estas cuestiones me preocupan mucho más que si pinto con rojo o verde”, desliza. “Esto ya no me importa” dice, y señala galería y obras.

El artista insiste en que “no tiene sentido reflexionar únicamente sobre el arte, es algo muy chiquito al lado de lo que es la sociedad. Soy un crítico del sistema; me va bien pero no significa que esté bien”. “Hace cinco años un montón de críticos decían que mi obra era un desastre, que no iba a valer nunca. Hoy todos ellos aseguran que soy el artista que más va a valer dentro de diez años. Hay algo que está mal, ¿no?”, reflexiona.

Con una sólida experiencia en el tema, Lockett pone en duda al mercado del arte “no es real, es una fantasía. Es endeble, está agarrado con alfileres y miente”, acusa este artista que por años superó ventas de obras en ArteBA.

Y se cuestiona: “¿Qué es el arte? Cada vez me alejo más de la idea de ‘arte’. Si eso que se llama arte nos va a cambiar la vida y a hacer un poco más buenos, me gusta. Si es por dinero, vendo Coca Cola”.

“Tengo muchas ganas de retirarme por unos años y dedicarme al trabajo social. Me cansé de jugar solo; armé mi propio sistema porque el otro no me gusta. Para mí un artista merece respeto cuando lo conocen de Ushuaia a la Quiaca”.

 

Diario Uno de Mendoza