Una de ellas, cuenta, ocurrió un mes después de la tragedia. Salía por primera vez a comer afuera con Rosella, su mujer y mientras iba manejando, comenzó a llorar. Ella le propuso regresar a la casa, pero él se negó. Decidió estacionar unos minutos. Llovía bastante y fue entonces que ocurrió lo impensado: "de todas las gotitas que había en el parabrisas, se formó una y bajó. Vi esa gota y sentí una cosa muy especial. Sentí una felicidad enorme, que Romina estaba, que era ella. Lloraba y me reía y le dije a Rosella: ‘debés pensar que estoy loco’ pero la sentí a ella".